lunes, 18 de diciembre de 2006

AUTOBIOGRAFÍA (III) - La bisabuela Lorenza

(Fotografía: archivo familiar)

Hay algo misterioso en este rostro, que sin embargo es familiar. Tiene aspecto de pretérito secreto y una mirada que quizás pueda sobrevolar aún sobre nosotros para escrutarnos con la sabiduría anciana de los años y el silencio de los fantasmas. Su piel da la impresión de haber envejecido igual que la fotografía, oxidada y gris, porque también para ella han pasado los años, aunque sus ojos brillantes y velados por la pátina de una ancianidad añeja no hayan perdido, dicen, ni un gramo de viveza. Su cara, la cara de mi bisabuela, tan irreconocible para mí como milenaria, nos regala la dureza dulce de su mano trabajada en el campo, entre los atardeceres sobrevividos doblando la espalda sobre el arado castellano . Y dicen que aún la ven vagar por las eras de terrones rojizos, como un espectro que deambula intentando confesar su secreto.

Y cuentan también que murió en silencio, sin terminar de gritar la amargura de tenerse que callar el asesinato de su hijo, de Pablo (nombre que se enreda con mi presente sanguíneo y visceral: abuelo, hermano, sobrina…). Y su nombre, el de ella, único y rural, se propagó en su nieta, en mi madre, como la sombra de una parturienta que hubiera querido desenterrar a su hijo o denunciar su injusticia, aunque no pudo.

Miro una vez más esta fotografía: quizás del cincuenta, anterior a las sombras entre las que parió a su prole. Nada da la sensación de que queda en el vacío irremediable de los que se marcharon callados, porque no hubo más entre sus labios que el temor de amar demasiado y no poder decirlo. Y lo peor de todo es que allí tampoco me llega la memoria.



sábado, 16 de diciembre de 2006

AUTOBIOGRAFÍA (II) - Navidades del 42

(Fotografía: archivo familiar)

Revoluciones aparte, a veces la sonrisa se consigue con un capirote de papel o unas barbas postizas, rescatadas también desde los viejos arcones que sobrevivieron a la guerra y a los días del hambre y la tisis. Dicen que hace muchos años, cuando las bombillas no eran más que una utopía reservada para tiempos mejores, los niños sonreían sin pan, pero sonreían posando para el artista anónimo que hizo esta fotografía, sin saber que mucho tiempo después, alguien los rescataría añadiéndolos a su propia experiencia de recuerdos antiquísimos. Eran los años en los que la tristeza no existía, porque hasta la pena escaseaba. Basta con mirarlos celebrar, con sus caritas modestas y antiguas, el último día de escuela.

Sólo faltó, este día del retrato, la muchachita a la que debo mis orígenes, porque tenía fiebre y no pudo asistir a la escuela. Están sus primos, pero no ella, que acarreaba una calentura que casi se la lleva al otro mundo, porque aquel invierno del 42 hizo tanto frío, tanto dolor, que no sólo su padre fusilado entre las penumbras de las tapias le congeló las manitas, sino también el futuro sosiego; su paz, la nuestra.

A ella se le agolpan las palabras contándome esto, incluso por teléfono, cuando hablamos. Lo narra con la ternura de su primera persona, de quien describe su propia vida como si fuese otra fotografía que se guarda muy dentro, más allá incluso de la memoria que se puede extraer de un cartoncito cuarteado por el paso de los años y el silencio. Recibía, sigue explicándose casi con nostalgia, un pequeño pez de mazapán en reyes, que su abuela colocaba con el esmero de un tesoro en sus zapatos viejos, los únicos. Y dice que se cantaban villancicos hasta que se terminaba el fuego de la estufa, y la habitación quedaba caldeada. Fuera, mientras tanto, la noche pregonaba con su viento helado un año más de derrota y oprobio, sí, se llama así, aunque ella no use estas palabras, sino otras.

jueves, 14 de diciembre de 2006


AUTOBIOGRAFÍA (I) - La escuela


(Fotografía: archivo familiar)



Hay lugares en nuestras biografías a los que no llegan los recuerdos y aparece, de repente, el color sepia de las antiguas fotografías heredadas. Fotografías lejanas que nos han llegado como apariciones que arriban desde hace un siglo o quizás algo más. Y ni siquiera, después de observarlas con la minuciosidad del investigador, uno es capaz de encontrarse allí, ni a sí mismo ni a los lejanos antepasados que las pueblan como sombras, como infancias en barbecho. Desde esta escuela con desconchones, desde el insospechado lugar de este retrato colectivo, partieron un día nadie sabe quiénes en busca de una felicidad vedada, de la que en este mismo instante soy el único partícipe, el heredero legítimo de aquellas búsquedas extraviadas.

Así eran las escuelas en las que aprendieron a leer nuestros abuelos, sus hermanos, los tíos que se hunden sin razón en la memoria convertida en historia, y en ley futura que venga a dignificar por fin el sufrimiento de estos niños que un día tuvieron que ver la guerra sin quererlo. Poco parece importar ya que agoten la seriedad de sus rostros entre el viejo polvo añejo de los cajones cerrados. Siguen percibiéndonos ellos a nosotros también como perdidos en un tiempo que nunca debió existir.

Después de todo aquello, vendrían más fotografías que han congelado la miseria, el trabajo del campo y una turbia heredad de años fingiendo la felicidad, en el indeterminado espacio de un pueblo sumido en el barrizal de su propia pobreza. De aquel lugar abandonado, en medio de mesetas y horizontes delimitados por eriales y de los labriegos obstinados en la rebusca y el vareo, nacimos quienes vemos con desazón el paraíso perdido de nuestros antepasados, aunque también la belleza se exprese en sus miradas.

lunes, 11 de diciembre de 2006


POEMAS POR SI ENTRA EL AIRE (Y AGITA LAS CONCIENCIAS)

(Fotografía: África Salces)

I

Dejadla así, entreabierta,
esta ventana de canícula gris
y verano en ciernes tormentoso.

O de par en par por si la lluvia
aparece con su aroma
de tierra blanda y empapada.

Dejadla así, dejadla,
no se vaya a impedir
el ruido de sombra con su lluvia
rebotando en los cristales
y no llegue a los rincones tibios
del hombre y su injusticia en uniforme.

Abierta, así, abierta,
como un pecho que ansía respirar
los campos húmedos
de países lejanos
cuyas geografías se ocultan
por detrás de una arboleda.


II

Suena, al fin suena,
la lluvia con su terco gemir
en los canalones metálicos
donde resbala como un miércoles
de junio.

¿Se escucha su mustio
gotear desde allí, a lo lejos?

¿Acaso se oye avecinarse
en su torrente tibio?

Subidas las persianas,
descorridas las cortinas
y abiertos los ojos, así de simple,
adolece la lluvia el silencio
de su seca orfandad,
de esas gotas que ni siquiera
limpiarán las conciencias
(y mucho menos las esquinas
orinadas de las calles estrechas).



martes, 28 de noviembre de 2006

POEMA SIN DEMASIADA JUSTIFICACIÓN


(fotografía: África Salces)

No es cierto (quizás no lo sea)
que nada tiende a la verdad como el vacío
o su empeño por ser algo.
Algo como al fin el martes o el domingo
a bajo cero y borrasca
sobre el fino papel
de los periódicos.

Algo así como el desconcierto
o el ser sonámbulo o insomne.
Algo así.

No es cierto, no lo es,
que sólo quede el silencio
después de la tormenta y el barro.

Algo así como los adoquines
grises
quedarán (intuyo)
olvidando el cemento y su grisura.
No es verdad, pienso yo,
que quede algo
del martes o el domingo en aguacero
celebrando sus parques vacíos

y el cielo abierto, así, como una herida.

***

lunes, 27 de noviembre de 2006

POEMAS DESDE EL ANONIMATO
(poemario inacabable)

***
A Carlos, y a su abuelo.




El día que mi amigo Carlos G. García me dijo que su abuelo había muerto, se removieron, quizás, todas las nostalgias y las ilusiones perdidas de aquellos que su destino no fue otro que el del anonimato. Me contó también que, en secreto, con el silencio con que se horadan las verdades sobre el mármol frío de la historia o con el que se acometen las grandes hazañas, introdujo en su féretro la bandera de un país inexistente, extinguido, del que apenas los rescoldos últimos dejan verse en el tiempo helado de las madrugadas de invierno. Por ello, terminé de escribir estos poemas, a quienes dedico, porque el anonimato a veces encierra nombres en mayúscula, historias por contar o versos con los que vencer la tiranía del silencio.


***


I

Sólo tenemos este nombre de los silenciados minutos
y sus horas atardecidas. El silencio nos llega en el destiempo
de nuestro anonimato de dos por la mañana.

Y basta para comenzar a ver el aire que nos roza las manos.
Basta para darnos el nombre que nos niega
el olvido y sus destierros.Ya nos basta:
con sabernos a la medida del cuerpo nuestro y sus otoños.

Vale la tarde en su vestido de violetas
girando el mundo con sus fantasmas y todo.

Ha empezado el sur a devorarnos con sus firmezas
de perro desatado. Escucha su viento intercalado
porque se llama noviembre y llueve,
como nunca.

***


II

Es posible que dentro de los armarios habiten torbellinos
con todas sus nostalgias de ciudad y sus hojas caídas.

No lo sé, pero en los últimos instantes en que el día se detiende
en sus sombras de parque o colegio vacío
se me ciega la boca si tú duermes.

Así de simple:
cuando callas, una música desterradora me inunda
como un viaje.

***


III

Suéñame con las palabras de siempre,
de saberme otro en ti y dentro de tus horas nocturnas
iguales que tormentas venideras, hasta que ya no puedan
los jardines ajenos
ponernos la mirada en el olvido

Suéñame sin serme yo, para que así me sueñes:
te seré tan real y humano como las horas estas
en que llega la noche.

***


IV

Me revives palmo a palmo, con la naturalidad
inusitada de la aurora de un jueves.

Estás conmigo y yo lo sé, tan cerca como nunca,
ya lo sé. Pero aún así, no me abandones por las callejas
oscuras del olvido. Eso me basta.

***


V

Aunque nos roben la diminuta porción de historia
que nos corresponde. Y nuestros abuelos no se puedan
rebelar desde sus fosas comunes,
la patria se nos vuelve del revés, tanto, que el futuro
nos mira con su ceño fruncido.
***

domingo, 26 de noviembre de 2006

CURRÍCULUM LITERARIO - BIOGRAFÍA EN CIERNES
(a Prudencio Salces, amigo y escritor)
***
(fotografía: África Salces)

***


Ser escritor es la tarea más difícil de todas. Uno no sólo debe lidiar contra sí mismo, contra el mundo maravilloso de las palabras inexploradas, latentes o misteriosas que anidan en cada rincón de la realidad. A veces la lucha vas más allá incluso de las barreras editoriales, muros contra los que chocan tus obras, enfrentándose sin garantía alguna de victoria al negocio de los libros, al de los traficantes de ilusiones, al de la vanidad misma de creerse merecedor de algún premio o del aplauso fácil de los que te quieren.

En más de una ocasión he hablado de este ausnto con amigos y escritores, y la conclusión siempre ha sido la misma: es duro reivindicar la honestidad cuando es con la honestidad misma con la que se escribe. Y no sé si es ésta la que imposibilita la publicación o un desconocimiento real de tu obra, que casi siempre termina en la papelera de algún despacho de gris-humo-oficina.

Por eso, ¿quiénes somos? (¿tú lo sabes, Pruden?). A ellos les escribo mi currículum literario, mi autobiografía en ciernes, la que aún está por escribir:

***
CURRÍCULUM - BIOGRAFÍA EN CIERNES

Nací el mismo día que mi abuela materna pero del año 1977, cuando enero comenzó a deshacerse en las frías nieves del invierno madrileño. Entonces, aún no habían terminado de asfaltar todas las calles de mi barrio, pero, quizás, debían de saber que yo no necesitaba grandes avenidas para sentirme vivo, porque aunque tenía la bicicleta heredada de mis hermanos, me gustaba más leer que estamparme contra el suelo.

Me torturaron tres años con la dichosa mecanografía, antes de que los ordenadores sustituyesen al famoso Método Caballero (aquellos cuadernillos rojos con espiral). Yo me esforzaba por que los tipos de aquella vieja olivetti línea 92 marcasen igual la j que la ñ, porque mis diminutos meñiques parecían no tener el coraje suficiente que debe tener cualquier escritor de los de antes. Y así transcurrió mi infancia, terminando el mismo día que me lié el primer canuto a escondidas con algún amigo al que ya he perdido de vista. A la nicotina sigo adicto, aunque este dato es quizás el menos relevante para quien, habiendo nacido sin padrino, aspira a publicar una novela, pues hasta el cigarro ha perdido glamour, como yo el tiempo lo perdí estudiando Filología Española, en una universidad de cuyo nombre no quiero acordarme.

Tras cursar parte del doctorado, que sólo me acercaba hasta la pedantería propia del erudito, decidí preparar oposiciones para profesor de Educación Secundaria. Mis palabras debieron convencer al tribunal porque aprobé. Así que ahora me dedico a lidiar con adolescentes engreídos que creen saberlo todo, a la vez que yo me siento cada día más ignorante de las cosas sencillas (no distingo una vaca de un carnero, porque no he tenido pueblo en el que veranear).

Actualmente, pago mi hipoteca con religiosidad de buen ciudadano, comparto mi cama de uno treinta y cinco con una compañera excelente que soporta mis ronquidos, para los que tomo unas gotas muy eficaces que venden en la farmacia. Mi casa tiene dos balcones que dan a la calle y comencé a estudiar la carrera de Filosofía por puro escepticismo.

Alguna colaboración pequeña y alguna ayuda otorgada por premios vecinales que ni siquiera me han dado el estatus de héroe local suponen mi diminuta carrera literaria inexistente. Tengo el convencimiento de que he escrito dos novelas, pero sé que nadie se la va a leer porque tienen más de cien páginas. Quien se la ha leído me ha dicho que están bien, que vale, que escriba otra o que les ha gustado, pero es lógico que me digan esto porque son buenos amigos, y los buenos amigos están para eso.

Otros datos de interés son mi cara de empollón (por eso no incluyo la foto), que tengo el carné de conducir B1 y coche propio (sin la típica pegatina del torito) y que padezco en ocasiones de insomnio, obsesionado por esto de la literatura que, como decía mi bisabuela, cosa del demonio es; lo afirmaba ella que ni sabía leer y que cuando se murió, dicen, se le abrió la piojera. Tengo también una sobrina de cuatro años, se llama Paula y a veces pienso en lo que será de ella cuando ya no estemos aquí, pero eso es asunto para otra novela. Vale.