miércoles, 8 de septiembre de 2021

AUTOBIOGRAFÍA: Recuperando el tiempo perdido. 

Un año ha transcurrido como si nada hubiera cambiado, o casi nada desde esa última vez. No he dejado de escribir, aunque estén los folios aún en blanco y esperando la cuartillas en ese territorio de lo inesperado que se llama mañana o quizás el próximo mes. 

Ya ha pasado un año, digo, y lentamente, parece regresar todo a esa vieja normalidad que hoy más que nunca da la sensación de ser caduca y más anciana. Desandar los caminos viciados del presente: buen comienzo, buen punto de partida, si se quiere. Los que vivimos en los libros, es decir, en la realidad, sabemos lo difícil que es irse labrando el oficio de la escritura. Tenemos nuevas oportunidades de seguir el fructuoso florecer del trabajo silencioso de escribir un libro y, después otro. Este septiembre tengo la fortuna de recuperar el tiempo perdido: pandemia, restricciones, confinamientos, prohibiciones, distancia. Es el léxico de la tragedia cotidiana, que se suma a ese antiguo diccionario que ya nos conocíamos al dedillo: trabajo, madrugar, monotonía de lluvia tras los cristales. El otoño, la rapidez de las tardes en octubre, su descender vertiginoso. 

Este septiembre tengo la fortuna de celebrar que espera, sobre el surco, como el arado espera, la llegada de otro libro, mi quinta obra publicada y escrita: quien me conoce sabe que no tengo nada en el cajón secreto que todos los que escriben tienen en la mesa de su despacho. Y este septiembre, la editorial Bohodón ha querido que esté dos días firmando Crónica del último invierno en la Feria del Libro de Madrid, que esta vez en septiembre, nos recuerda que hubo un tiempo anterior a este. 

Así que doble celebración que quiero compartir con los pocos lectores que tiene este blog, esta bitácora personal y biográfíca y casi tan íntima que, a veces, pienso que solo escribo para leerlo yo solo. Si alguien en cualquier caso lee esto, quiero que sepa que tengo la sensación de estar recuperando el tiempo perdido, y un profundo agradecimiento a quien hace que todo lo bueno que ocurre parezca posible. Vale. 


 

  



jueves, 10 de septiembre de 2020

AUTOBIOGRAFÍA - Vivir hacia dentro. 




Ya se van a cumplir siete meses desde que un día dijeron que no debíamos salir de casa. Las realidades invisibles se comportan así, empujándonos a abandonarlo todo, a cerrar los comercios y hacer desaparecer el bullicio de las ciudades. Mientras la muerte se agarraba a los telediarios, tuvimos que empezar a vivir dentro de nuestras casas como nunca antes. Muchos iniciaron el complicado proceso de empezar a vivir hacia dentro. 

Entonces ese vivir hacia dentro nos hizo esperar, nos hizo aburrirnos, nos hizo mirar a través de la ventana, conocer al vecino, reconocer de nuevo nuestra calle, comprender qué significa el silencio en las noches, escuchar con deleite el canto de los pájaros, que volvieron a las ciudades pensando que no regresaríamos nunca más. Vivir hacia dentro significó descansar, oler con cierta tranquilidad ese extraño aroma del café en las mañanas sin prisa. Quien no podía vivir en su particular encierro era aquel que se descubría a sí mismo a diario tan vacío como suele ocurrirle cuando se vive en exceso hacia las afueras de nosotros mismos. Demasiado fuera de nosotros. Demasiado lejos. 

Necesitamos, nadie lo duda, espacios abiertos, acantilados, mar, luz, viento. Escuchar el aire moverse en las ramas es una forma de no sentirse a solas nunca. ¿Quién duda que el hombre nació libre para no vivir en el encierro de su cuarto de estar, de su pequeño dormitorio o de su minúsculo despacho frente a la pantalla plana del ordenador? ¿Quién duda que la libertad es algo más profundo que berrear una consigna mientras se hace sonar una cacerola? Hay sonidos tan huecos como algunas cabezas. Vivir hacia dentro era salvarnos la vida, en el fondo. 

Ni mejores ni peores. Escribo algo que no es una novela para resarcirme de la imaginación o, al contrario, para reconocerme mejor en la realidad. Ni mejores ni peores después de la pandemia, que aún suma titulares en los laboratorios manipulados de la prensa. Ni mejores ni peores, mientras la democracia se debilita porque hay quien embiste con la burda mentira de los eslóganes oportunistas y baratos: negacionistas chuscos, hombres de las cavernas que dejaron de creer en el trueno para creer en las tormentas. Seremos iguales, quizás, cuando podamos salir definitivamente y mirarnos el rostro sin hacerlo en su mitad, con la cara descubierta. Iguales que antes de que nos confinaran y parecidos a lo que seguimos siendo con el rostro embozado. Quien no supo vivir hacia dentro no conoce el gran tesoro que esconde el silencio, leer en la madrugada una novela o evitar que los despertadores agiten el sueño como si fuera un maltrato matinal. Esto es vivir hacia dentro: quien lo probó lo sabe.  


martes, 21 de abril de 2020

AUTOBIOGRAFÍA - Suerte, pandemia y votos en vez de aplausos



Aunque parece que el mundo se acaba, y pandemias a parte, quejarse en la supervivencia resulta un ejercicio bastante egoísta, pienso que en apenas dos días se celebra el Día del Libro. Ni siquiera este año, en que puedo lucir en la portada de mi última novela esta banda, podremos festejarlo ni en Sant Jordi, ni en la Feria del Libro de Madrid. Ni en ninguna otra feria, como si se hubieran borrado de los calendarios y las agendas los días esos en que aprovechando el buen tiempo comprábamos libros y soñábamos con encontrar en la literatura un destino más en esa gran agencia de viajes que, a su modo, son todas las bibliotecas (y más las personales). 

Es un acto de egoísmo no pensar en todo lo que se está quedando atrás, en las librerías que quizás cierren, en las pequeñas tiendas cuyos alquileres no ayudan a sufragar los gobiernos porque, siempre, los pequeños importan menos que los grandes. Al final, los viejos propietarios del siglo XIX, los que acumulan terruño, viviendas y locales, son los que sobrevivirán a este apocalipsis vírico. Echo de menos los bares, el cortado de las cinco, el paseo mientras veo verdear los árboles de mi calle cuesta abajo. Siento hasta algo de tristeza por no poder ir a trabajar y debatirme entre el yo y la pantalla plana del ordenador (si Freud levantara la cabeza). Sobrellevar es sobrevivir en estos tiempos también. 

Pienso en los teatros vacíos, en las avenidas discretas de esta ciudad que no es inmensa y que hoy están sin gente. Pienso en las terrazas en que apetece sentarse a tomar el sol, y a abrir el libro con el que echar un rato de la tarde. Pienso en las tardes, también, en estas que empiezan a ser largas aventurando, este año, un verano incierto. Solo este año. Pienso en los bancos de los parques, ocupados solo por las viejas palomas de Madrid; están vacíos, faltan los abuelos que reposaban sus años de postguerra en su longeva ternura. 

Yo mientras me quejo de no poder airear un poco este libro este año tan especial para mí, en que nos quedan pendientes por vivir estos dos meses robados por un mercado chino o un laboratorio militar. El aire de Madrid se ha limpiado, sin embargo, aunque no el ambiente; hay quien se ha encargado de enturbiarlo agitando las miserias de cada cual (allá con las suyas) en una fraseología vacía y estúpida destinada a levantar el ánimo patriótico, con el belicismo en la punta de la lengua. Yo no aplaudo en el balcón de cada día, simplemente voto como un aplauso en favor de lo que es de todos. Feliz día del libro, o sea, de los viajes. 


martes, 7 de enero de 2020

AUTOBIOGRAFÍA - Resumen del 2019



Ha sido una año peculiar: un año en que las agendas se han visto desbordadas. Ha pasado todo este tiempo y no lo pareciera. Un año desde que decíamos adiós a mi padre, y presentaba mi cuarta novela en Madrid, de la mano de Cristina Almeida y de Juan Ángel Argelina y de los amigos de El Abrazo del Oso. Aquel programa sobre los olvidados de la Transición que grabamos lleva más de 20.000 descargas y escuchas en IVoox. Pero nunca se puede gozar de la felicidad al completo, porque la vida ofrece azarosa esta superposición de alegrías y desgracias. No podré explicarlo por más que lo intente, ni puedo hablar de aquellos días en que recibí el cariño de tanta gente buena sin que se me haga un nudo en la garganta. Pero no cambiaré la dedicatoria de esta novela, que me llevó tres años de altibajos y desvelos.

Desde que Bohodón Ediciones publicó esta historia de lo que somos en la cercanía, esta novela de recuerdos prestados, todo han sido buenas noticias. Ha ido creciendo con una lentitud firme, despacio ha ido sumando lectores y ha recorrido media España, añadiendo amigos a sus páginas y recopilando otros paisajes. Primer viaje: Córdoba, para participar en el Club de Lectura de Montalbán. Después vendrían la Feria del Libro de Vallecas y tres días más de firmas en la Feria del Libro de Valencia, dos en la Feria del Libro de Madrid y otro viaje más: a la Feria del Libro de Valladolid. Apenas pasó el verano y este otoño fui hasta Alicante para firmar libros en la FNAC y después participar la Feria del Libro de Murcia. La primavera intensa quiso que fuera a hablar de este libro a la tertulia del Café Gijón de Madrid, que capitanea Justo Sotelo. Como veréis, escribir no solo es un ir y venir en la memoria, también en el espacio. Habría que sumar reseñas y entrevistas: Rafa Ruiz, Andrés Barrero, Prudencio Salces, Jorge Morín, Javier Machón, Anika entre Libros, Francisco J. Castañón, Miguel Sanfeliu... y muchos otros cuyos nombres ignoro.  Buenas críticas de amigos y de gente conocida y desconocida, pero honesta.

Y otoño vino cargado de buenas noticias también. En noviembre, cuando mi amigo Ángel Rejas quiso que participara en la Asamblea por la República de Leganés, presentando la novela en las Jornadas sobre la Transición que organizaron, la Asociación de Críticos y Escritores de Madrid quiso que "Crónica del último invierno" quedara Finalista del Premio de la Crítica. Rafael Reig lo ganó muy justamente con su última novela. Broche de oro para un año largo y un hermoso comienzo para un 2020 prometedor.

Las autobiografías son así; hay ocasiones en que se nutren de la literatura con que se riega la vida para que no resulte tan tediosa. Este es el resumen de un año, una compilación breve de lo hermoso que puede ser observar el mundo con la mirada que nos prestan los libros y sus historias, menos mías que nunca, cada vez que un lector se suma. El agradecimiento que siento no cabe aquí. Se ensancha, se extiende, adopta la forma de un horizonte que es difícil de describir, llega muy lejos, recorre meses y urbes y lejanos páramos y continúa allá por donde voy, por los paisajes que dejó atrás y por los que, estoy seguro, algún día llegaré a conocer. Gracias y feliz 2020. 






jueves, 14 de noviembre de 2019

AUTOBIOGRAFÍA: Finalista en el Premio de la Crítica de Madrid. 




Es difícil explicar qué se siente ante la ruptura que supone una noticia: una hermosa noticia que hace que el tiempo parezca doblado sobre sí, y entonces, todo gire en una especie de bucle, en el que llamadas y amigos se superponen con sus mensajes de aliento y de recuerdo. Así es: una pequeña mención, apenas dos líneas en alguna página web, pero una inmensa alegría y una inimaginable sensación de gratitud. 

La Asociación de Críticos y Escritores de Madrid ha tenido a bien situarme en el justo puesto de finalista del Premio de la Crítica de Madrid, con Crónica del último invierno. Ellos dicen que es la segunda mejor novela publicada en 2018 que ha caído en sus manos. Y dicho así, suena con un reverbero de misterio, extrañeza y casi, si se me permite, de extranjeridad. Sí, extranjeridad, que siento dentro de mí mismo, como si estas cosas solo le ocurriesen a otros hombres y mujeres, a escritores distantes y cuyas fotografías son las de sus rostros desconocidos impresos sobre los borrosos fondos de ciudades lejanas y épocas difusas, en las solapas de los libros que se amontonan en las librerías, de esas rimbombantes editoriales portentosas.  

Siento una grave gratitud. "Muchas gracias", repito como un mantra a quien tiene el detalle de felicitarme por algo tan gaseoso como la mención en un premio literario de tan hondo calado y tanto prestigio. "Muchas gracias", insisto: a todos los que habéis estado antes y a los que seguís estando. Al jurado cuyos miembros ignoro quiénes son, mi infinita gratitud. Gracias a quienes habéis hecho posible este cuarto sueño cumplido. Una novela de héroes y policías corruptos, un viaje al rastro romántico que deja la Transición, como un deje sonoro en la memoria de quien estuvo aporreando el teclado de su ordenador durante varios años, construyendo poco a poco la Crónica del último invierno en que esperé una buena noticia como esta, que adelanta el otoño con su hermosura inexplicable y profunda. 



sábado, 2 de febrero de 2019

AUTOBIOGRAFÍA - El descanso del viernes. 


Hoy es viernes. Un día más para añadir en el descanso. Cuando se acaba de escribir y de corregir una novela, es muy extraña esa sensación de pérdida o de vacío que se siente. Uno tiene la sensación de haberlo contado todo, de haberse desnudado con la intimidad de palabras que, ahora, ya puestas en forma de libro, se convierten en una especie de familiar lejano o ajeno. Pocas veces lo digo, muy pocas: pero hay algo de mínimo orgullo en lo que siento con "Crónica del último invierno".

Poco a poco este libro se está abriendo un hueco entre lectores y amigos. Y con él, he dejado un largo reguero de nombres y lugares, puestos todos al servicio de la verdad y del recuerdo. Es una novela que es algo más que una novela: crónica de un tiempo que me han contado, pero también una autobiografía a retazos; novela, pura ficción, en la misma proporción que relato periodístico. 

Por eso digo: siento un mínimo orgullo con esta novela; y van más de mil páginas publicadas, convertidas en cuatro libros. Más de diez años de escritura, y una década después, hay algo minúsculo parecido a la satisfacción que nunca he terminado de sentir al completo. Hay quien se siente orgulloso de méritos dudosos: un coche nuevo, el reloj que se luce en las redes sociales, un viaje o exóticas cenas. Allá cada cual, pero contemplo estos cuatro libros con una mezcla de estupor, incredulidad y distancia. Míos porque reconozco mi nombre en sus portadas, porque miro mis fotos en sus anversos o en sus solapas, dejando el paso de los años sus huellas en cada una de las facciones de mi cara,

Siento también una extraña forma de gratitud: con los amigos que se han deshecho en buenas palabras, Pruden, Ángeles, Lola, Ester, Gloria, Juan, Mercedes, María Jesús, Victoria, Carmen, Juan R., Juan Ángel, Edu, Sonia, Alberto, Manoli, Ángel, Sandra, Susana... y muchos otros que me han hecho llegar lo que les ha suscitado la lectura, qué recuerdos o qué emoción los ha agitado por dentro estando sentados en el sofá donde leen, o en el asiento del metro o del autobús, camino del trabajo. Se me olvidan nombres en esta lista que crece poco a poco: Carlos, Pilar, Víctor; la familia, los hermanos, los primos y primas, parientes cercanos y más lejanos: Tere la busca, Marisa e Isabel se la han leído de una sentada y me lo cuentan. Lito corrió a la librería de mi calle. A Raúl ya se la han conseguido. Paloma insiste en que la librería que está al lado del mercado se la traiga, aunque tarde. Carol, recurrió al teléfono móvil para comprarla en Internet. Pili vino hasta Madrid en AVE, y apenas la vi. Rubén también, con Cristina. Marcos me sopló, con su desparpajo de diez años, que su padre se la está leyendo; parecía querer leérsela él también, aunque tenga que esperar. Paula la subió a IG. Lola Puñales me escribe y manda una foto del libro ("hoy empiezo con él", me dice). Un pedazo de todos ellos también está ahí. Y de quien piensa en otro y la quiere regalar, como ha hecho Pablo hoy mismo, que me ha llamado para contármelo. Mientras, Jesús me dice que ya le quedan menos de cien páginas: se habrá visto en ese libro también vestido de uniforme. Elena me pidió una dedicatoria para su madre, que conoció bien aquellos años, me insiste. Y Nieves me pidió en el desayuno del otro día que se la firmara. Moni vino hasta el centro de Madrid con su boli preparado (ella es así). Roberto la encargó, pero le ha faltado tiempo para recogerla (así son los dobleces de la vida, los pliegues dolorosos de los libros cuando son tristes). Javi Machón me dice que escribirá sobre ella, Jorge también... La lista crece, la memoria falla: disculpas para los que no están aquí porque ahora no caigo o porque simplemente no os conozco.

Viernes, descanso de la semana. Me pongo delante del ordenador. Escribo estas líneas con la sensación de que ya lo he contado casi todo. Me da miedo volverme a poner a pensar en esas otras historias que siempre me rondan por la cabeza. Leeré todo lo que se quedó por el camino. Retomaré la escritura un viernes, un viernes de descanso en que la semana se agota con su destilada pereza acumulada desde el lunes. Me queda un gracias, solamente, por rubricar. Aquí lo dejo.    

miércoles, 26 de diciembre de 2018

AUTOBIOGRAFÍA - Estar en los lugares ausente



En esta suerte de días, apabulla estar en los lugares tumultuosos. Apabullan la risa fácil y el ruido. Opto por estar en estos lugares dosificando mi ausencia. Este año más. Este año más que ningún otro. Carecer de lo que se denomina "espíritu navideño" no es otra cosa que abdicar de las razones que nos obligan a la felicidad en días como estos. Abjurar del hoy no es hacerlo del mañana ni de ningún otro día. 

Así, mejor mañana empezar de nuevo a estar contento, a estar vigilante ante lo hermosamente venidero y vivificador. Celebro la paz de un día entre semana, de pausar la lectura de un libro para continuar en otra hora. Brindo por los que sé que vendrán y brindo por los que se han ido, que sé que no volverán y se marcharon después de días peores que los que nos esperan. Pensar en lo que se ha perdido reconforta con la idea de su larga compañía. Y así, solo así, se puede celebrar la cotidianidad de un miércoles cualquiera, por ejemplo. 

Y si se está de estos lugares ausente... ¿qué lugar me obstino en ocupar? Pienso en las playas donde el sol reverbera con la inusual luz de los veranos lejanos todavía, pienso en los lugares en que las carreteras nos dirigen con la atractiva certeza del destino. Pienso en el azul oceánico en que verdea el horizonte, en la brisa sosegada mientras uno se deleita en la ternura o en el amargor solo permitido de una cerveza helada. Me consta que lugares así existen. Allí descansamos, allí no caben ni el tiempo en los relojes ni esa sensación angustiosa de esperar un adiós con forma y fondo de despedida definitiva. 

Y a veces se está ausente sin quererlo. Y a veces lo están otros, inesperadamente o con su pequeña cantidad de certeza que la vida impone como indiscutible e insoslayable. Hay lugares así, y momentos así, en que nosotros no estamos, pero nos esperan pacientes en su tibia fotografía del regreso.