jueves, 25 de enero de 2007

AUTOBIOGRAFÍA (X) - Con el pelo rocogido

(Fotografías: archivo familiar)

Son dos fotos pero parecen una sola. Rescatadas por quien sabía que existían, han llegado hasta mí como del viaje extraño de un recuerdo lejanísimo, pero que no he vivido (como las demás imágenes). A la izquierda, mi abuela de treinta años sonríe con su hija de tan sólo uno. Alguien les sonrojó las mejillas, coloreando sus rostros por aquel entonces, cuando las fotografías a color ni siquiera eran un sueño. Quizás para rescatarlas del vacío cromatismo que lucen y añadir la vida que debían tener los rostros infantiles en aquel año treinta y siete, a pesar de todo. La otra mujer es mi tía Raimunda, mi tía “Mo”, porque nunca dejó de tener ciertos rasgos que yo, precoz observador, juzgué como simiescos. Ella posa también con sus dos hijas, que después, como mi madre, llevarían la honradez de la orfandad hasta el mismo día en que escribo lentamente este maniatado recuerdo ajeno.

Pese a todo, el cariño de las madres, sus sonrisas, el blanco impoluto de sus trajes, los cuidadosos peinados de las niñas (mi madre, mi tía Luz y mi tía Preferida) asaltan al espectador que contempla esta foto como si de un atraco se tratase: robando del presente apenas un instante con el sabor añejo de los libros antiguos. Años después vendrían los domingos al sol, al borde de octubre, que intercalé saltando en el tiempo, con la licencia con que salta la memoria de un lugar a otro. Y mucho tiempo más tarde, el recuerdo vivo de la abuela y la tía abuela, llenas de arrugas pero siempre con el pelo tan recogido y bien peinado como si estuviesen preparadas para hacerse de nuevo esta fotografía.

Los cinco personajes femeninos de estos viejos retratos parecen sobrevivir a un vendaval inexplicable. Miro a mi abuela todavía corriendo por la noche entre las calles de su pueblo (el que yo nunca tuve), en busca de su marido, que se demoraba en la asamblea de la Casa del Pueblo. Y diciéndole: Pablo, vámonos, que no te metas en líos, que vete tú a saber cómo va a terminar todo esto. Y a mi tía Mo, subiéndose en lo alto de un cerro para que Nemesio la viese desde detrás de los barrotes. Y después él escribirle un poema con rimas sencillas, que ella, en cada acto (cumpleaños, bautizo o comida improvisada) recitaba con sus ojos llorosos, pequeños y hundidos.

Pese a todo, la ancianidad ni siquiera exculpa a las buenas personas, aunque no avejente los sentimientos: ellas, si vivieran aún, lo sabrían explicar mucho mejor. Se agolpan los recuerdos inevitables. Últimamente, casi ni se levantaba de la cama: la artrosis, los medicamentos, la vejez que huele a vejez. Ese olor lo tengo impreso yo qué sé dónde. Por lo demás, sobreviven las fotografías que nos traen vidas irreconocibles. Ellas lo comentan aún: porque ambas hermanas decidieron enterrarse juntas por expreso deseo mutuo. Y yo sé, aunque no pueda demostrarlo, que siguen contándose sus cosas de abuelas prematuras, de viudas ocasionales y de hermanas fotografiadas a la par con sus niñas.


martes, 16 de enero de 2007

AUTOBIOGRAFÍA (IX) - Anarquismo y albañilería.


(Fotografía: archivo familiar)

No era cierto que no hubiese sobrevivido a los vendavales del tiempo ni una sola fotografía del abuelo Enrique, como afirmé. Alguien que lo leyó indagó entre los cajones roídos por el tiempo, y encontró esta otra fotografía que ahora se salva, gris humo, del olvido. Y me dijo más: alguien con amor de nieto, de hijo, de esposa (¿quién sabe quién?) la despegó cuidadosamente del carné en que lucía mi abuelo su densísimo bigote decimonónico, casi aristocrático. Y aquel cartón en que figuraban su nombre y su fotografía (apellidos del norte, de cristiano viejo, se decía un siglo atrás) no era otro que el viejo carné de la CNT, posiblemente lanzado, después, al vientre de una estufa para no comprometer.

Fue albañil, como su hijo Jesulín, y su amplia estirpe de hermanos queda tristemente inacabada, porque no todos viven, aunque de ellos sí se hayan preservado fotografías con sonrisas y sorna. Fue maestro de ladrillos y aquella maestría se manifiesta en la plaza de toros de las Ventas, porque en ella, sin ser torero, regó de sudor la arena, construyéndola. Eran los años de la dictadura, pero no los de la reciente, sino otras dictaduras más lejanas (1920, ochenta años atrás), de la que nadie ya se acuerda.

Anarquismo y albañilería. Así podríamos resumir su vida, para quien el esfuerzo de siglos se adhirió a las pieles curtidas de sus hijos. Así, sólo así: abolición, huelga, manifestación y pan. Éstos son los genes heredados, si acaso pasan de padres a hijos y a nietos cosas tales como la libertad o el amor libre. Aunque, sin duda, el talento entre espuertas y llanas, cortafríos y yeso blanco, sí debe transmitirse por la sangre, pese a que quien suscribe esto ni siquiera diferencie el cemento de la grava. Recuérdese: la tierra es para quien la trabaja, aunque la tierra no nos pertenezca. Ni siquiera apenas es nuestra, en ocasiones, la memoria. Libertad, decían los parias industriales, que se llama lo que crece entre en las fábricas de las ciudades moribundas.



miércoles, 10 de enero de 2007

AUTOBIOGRAFÍA (VIII) - Las patatas y el quif.




(Fotografía: archivo familiar)

Están pelando patatas. Debió ser aquel sustento, hortelano y humilde, la recompensa por los servicios prestados a la patria. Corría el año 46 cuando esta foto quedó preñada en la memoria, como una ironía que le pertenece ya a los libros de historia. Entonces, la mili era ver el mar, aprender a conducir un camión o morirse en Marruecos de calor y de piojos. Se saludaba aún brazo en alto y había patatas a diario, en la comida y en la cena: estipendio indispensable para la raza.

Parezco yo, pero no lo soy; y aunque ni dos gotas de agua hubieran podido asemejarse tanto, quien esboza la sonrisa pícara, el segundo por la izquierda, es mi padre, que dejó Madrid para montar en barco, para bañarse en la playa, para reconocer el olor intenso del quif y para no querer volver nunca más. Él lo rememora como una hazaña que le marcó; yo, como la anécdota de lo que pudo ser pero no fue, cuando mi madre me dijo que me negase a hacer la mili porque me habían pagado estudios para no servir a nadie, ni siquiera a la patria, que nunca se preocupó de si yo había tenido pantalones que ponerme. Por eso y no por la lejana época en que se hizo esta vieja fotografía es por lo que yo nunca podía haber estado allí, uniformado con tres tallas más grandes y con un hambre que se olvidaba porque sobraba la sangre, dice.

Fueron diecinueve meses sin pasar por su casa, sin ver a hermanos ni a conocidos. Diecinueve meses lejanos mientras Europa entera se reconstruía y estaban recientes los juicios de Nuremberg, de los que algunos dictadores se libraron pese a todo, aduciendo que aquí se regalaban las patatas para fortalecer el espíritu del nosequé, a quienes de otro modo se hubieran muerto de hambre.

Hay quien aún dice que servir a la patria fortalece el cuerpo y la mente. Entonces sólo sirvió para fortalecer las necesidades del hombre, porque permitió a muchos disfrutar del intenso azul oceánico, aunque no fuesen poetas o ni siquiera supieran escribir las letras de corrido. Pese a todo, lo que más favorecieron, cuenta mi padre, aquellos meses de entreno, trinchera, chinches y polvo, fue el dominio de la peladura, porque cuanto más fuese la cantidad carnosa del tubérculo adherida a las mondas, menos se comía. Éste fue su razonamiento (y su racionamiento).

viernes, 5 de enero de 2007

AUTOBIOGRAFÍA (VII) - Ladrillos en hilera



(Fotografía: archivo fotográfico de la Agencia EFE)

Dice él, mi padre, que éste es uno de los primeros recuerdos que almacena en el desorden de su memoria. Recuerdo del silbido agrio de los morteros y el bufido de los aviones. Y después, un día, sin saber muy bien cómo, se encaramó con muchos otros niños en lo alto de la Cibeles para celebrar, por fin, que la guerra había acabado. Uno de estos críos es Jesusín, el más escuchimizado de todos, el más pequeñito: el mismo que ya sabía contar porque le enseñaron en un tejar, poniendo en hilera ladrillos para secarse al sol. Aunque después vinieron otros empleos, es posible que con más maestría.

Parece aún que ve las imágenes sucesivas de la historia: el acarreo de las madres con sus camadas a esconderse en el metro, las sirenas y a la abuela Luisa (su madre, de la que tomo el monosílabo de mi nombre) trajinando de aquí para allá para alimentar casi a una decena de bocas con la suya. Y sin embargo, mi padre se ríe, carcajea con su cara de pillín, de lazarillo contando cómo las manadas de niños que no evacuaron a Valencia, porque ni siquiera el auxilio llegó a todos, llenaron la ciudad, como saliendo de sus agujeros para subirse a la diosa tapada por si las bombas. Seguro que es el más bajito, porque nunca ha sido demasiado espigado ni robusto, como su padre, recio y de bigote ancho, del cual ni una foto conserva, aunque la de su hijo, ésta suya, sea bien conocida por el gran público. Quizás lleve un abrigo marrón oscuro, porque aunque algo de primavera se asomaba entre adoquines y sacos de arena, él cuenta que hacía frío, que aún el tiempo no se había entibiado como luego vendría, que andaba revolucionado.

Ignoraba las causas, las conspiraciones, qué era acaso la quinta columna ni una quintaesencia, porque no había estipendios para todos sus hermanos. Pero aquel día pensó que todo había cambiado y que el mundo sería otro (con la inocencia de sus diez años), y qué razón tendría, sin duda.

Por lo demás, los tiempos revueltos nunca lo fueron con huevos, afirma feliz, porque ha dejado aparcada en la cuneta la desgracia. Y aunque le falla la memoria y el oído, se obstina en hablar del ruido lejano de los aviones que se acercaban poco a poco, en formación, musitando los insultos lógicos de las batallas que se perdieron. No hubo más, por más que busco, de su infancia.

martes, 2 de enero de 2007


AUTOBIOGRAFÍA (VI) - Al borde de octubre

(Fotografía: archivo familiar)

De esta imagen, recompuesta como tantas otras, tampoco fui testigo. Pero mi madre la recuerda, con sus primas a cada lado, como el resumen de una época que apenas con dos palabras se pudiera describir. Era el tiempo lejanísimo en que no había discotecas y los jóvenes se divertían paseando. Así de simple lo sintetiza ella. Ni botellón, ni tecno, ni consumo ni humo, porque no había dinero, y bastaba una tarde soleada sin cine para disfrutar de una pradera. Quizás en las orillas del Jarama o en las del lago de la Casa de Campo, y sonrisas pequeñas, como tímidas, retomando la ilusión por la vida, albergando en silencio la mustia esperanza de crecer.

Es probable que esta instantánea, tomada algún año después de mil novecientos cincuenta, recree sin pudor un mundo nuevo; el de la felicidad sencilla. Y sonríe muchísimo cuando la ve, expansiva y reviviendo el momento aún, porque aquellos años del Madrid sombrío desperezándose jamás pudo iluminar las vicisitudes de costurera y sirvienta que fueron ella y su madre, mi abuela, en habitación de alquiler con derecho a cocina. Cuenta que tuvieron una casera aficionada más al alcohol que al trabajo, y quejosa con la luz que gastaban, ambas ponían en la rendija que deja la puerta con el suelo un paño de fieltro grueso para poder seguir cosiendo por las noches. Deambularon por otros alquileres de habitación por Lavapiés, entonces el barrio de los que llegaron con la alforja llena de necesidades desde los pueblos más remotos, y habitaron buhardillones inclinados y patios interiores y de vecindad con olor de verduras cocidas. Pero no hay amargura en el recuerdo.

Las tres protagonistas han cambiado mucho, acierta a comentarme, para que yo reconstruya mi biografía en blanco y negro, aquella en la que no participé ni siquiera como proyecto futuro. Luz ya ha enviudado, la pobre. Pero tiene hijos, como el resto. Otras han progresado un poco más que yo, afirma. Prefe se casó antes. Y, pese a todo, las tres se dicen felices, como muestran en sus caras agraciadas que ofrecen ese gesto propio de la fineza rural que tenían las costureras en el Madrid de la tardía postguerra y la timidez propia de una edad vacilante, en la que las preguntas estaban prohibidas (por las convincentes razones de la política).

Sus blusas hasta el cuello, sus faldas por debajo de las rodillas y sus peinados saltan del propio retrato, del que también ignoramos su autor, para hacernos retroceder casi un siglo (o más). Sencillamente, para observarnos con la distancia que nos hace diferentes a ellas. Hijos lejanos, se diría.


Prefe y Loren miran a la cámara preocupadas por salir sonriendo; Luz posa casi como una actriz de cine, girando un poquito la cabeza. Estaba a punto de aparecer el otoño, con sus hojas esparcidas, pero aún el calor entibiaba la tarde. Aquellos grados de más, al borde de octubre, también fueron fotografiados con ternura. Y sin saberlo su fotógrafo han dejado la huella imborrable en este retrato rescatado igual que otros del olvido.




martes, 26 de diciembre de 2006


AUTOBIOGRAFÍA (V) - El tintero perdido


(fotografía: archivo familiar)



Debo confesar que resulta difícil explicar quién es la protagonista de esta fotografía, porque si aún los rasgos de su cara y su media sonrisa la identifican, se conservan intactos sesenta años después, no puedo imaginármela con aquel vestido de lunarcitos blancos y fondo negro, ni con ese lazo que, según recuerda, le apretó en exceso su madre, mi abuela, para que en este minúsculo retrato luciese bien la niña.

Da la impresión de que su imagen ha cambiado mucho más que para el resto del mundo desde entonces. Y su delgadez, edulcorada por sus ojillos pequeños y vivos, igual que hoy, parece tan desgastada como las vidas que se consumen en los dobleces azarosos de estas fotografías viejas. Ella no sabe cuándo se la hicieron, ni siquiera los años que tenía, pero sabe que fue después del cuarenta y dos, uno o dos años después de que su padre extendiese sobre un ceporro un pañuelo para que no ensuciase su trajecito malva, aquel día que fue a visitarlo. Cuenta, además, que en esa ocasión su padre le regaló un tintero con dos pajaritos, tallados en una raíz de olivo, que, al igual que tantos otros objetos del pasado, se ha perdido con el ir y venir de los tiempos y las gentes, sin que hayan perdido para mí intensidad en las emociones que transmiten.

Sonríe, sigue sonriendo como entonces, de eso no cabe duda alguna. Y sólo su peinado ha cambiado, y el color de su pelo, que es el mío, exactamente el mío, dicen. Ahora encubre las canas, como secretos, con el extraño tinte de la coquetería que traen consigo la adolescencia y la edad tardía de las últimas pasiones.

Poco tiempo después, aparcada la escuela en sus reglas básicas y sosteniendo en sus rodillas una vieja máquina de coser, el único equipaje, tomó el tren que la traería a la ciudad, porque era necesario el olvido para seguir viviendo. Abandonó la timidez que parece traslucirse de esta imagen y su infancia la heredamos en gestos, en mohínes que repetimos cuando tuvimos su edad, como si los padres no sólo imprimiesen en sus hijos un rostro o gestos, sino también estados de ánimo que atraviesan la atmósfera de los años y los recuerdos. Muchos de esos sobresalen de entre el resto, y tocan el alma con sus dos manos, como si nos atrapasen a todos en una misma trampa, más allá incluso de nuestra infancia, de nuestras horas de fiebre cuando niños y tosferina.

Añado a su semblanza, su mala caligrafía y las palabras que se le agolpan cuando echa la vista atrás para recordar las tardes jugando con alfileres que escondía en montones de arena. Recuerda las decepciones de lavar el rostro a sus muñecas de cartón y otras muchas cosas más, que estarán junto al tintero de pajaritos azules. Por eso, procuro ordenar yo la lucidez extraña que se le enreda cuando piensa utilizando verbos en pasado, por si en algún momento se nos olvida el lugar de donde vinimos y un día de estos no tenemos quien lo narre, y se queden sin remedio en el tintero las últimas emociones transmitidas con algo de nostalgia, pero sin tristeza.

lunes, 25 de diciembre de 2006



AUTOBIOGRAFÍA (IV) - Los cipreses


(fotografía: archivo familiar)



Ésta es una de las pocas fotografías que se han conservado del abuelo, alto como un ciprés y tan centenario como los que pueblan, ascendentes, los cementerios con las paredes encaladas. Luce el luto paterno y mira al fotógrafo con una obstinación que pareciera traspasar la grisura intensa de su propio retrato. Duelen los años desde entonces, desde el día en que estrenó botines y traje para la ocasión, y quizás no pudo volver a ponérselos, porque aquéllos fueron los tiempos confusos que han anidado en la memoria sólo de unos pocos.

Cuando se subió al camión como voluntario, nadie debió de explicarle detenidamente cuáles podrían ser las consecuencias, aunque dicen que tampoco se las quiso plantear porque el futuro que atisbaba desde esta fotografía, con sus ojos verdes de pobladas cejas, apenas dejaba lugar a dudas: el pan de su reciente hija, el trabajo de los años desbrozando amarguras o el silencio de los débiles. Sí, parecen ideales, pero es que entonces las guerras aún no eran preventivas, sino que se desdoblaban como desdichas que, superadas, trajesen consigo amor, paz, trabajo, pan, sosiego; en resumen, utopías sacadas de quién sabe que otras necesidades del alma. Porque, aunque no tenía dinero, tenía alma, profunda como una sima, extensa, amplia, difusa, que aquí aparece sostenida levemente, como el cigarrillo en su mano.

Después, vendrían los consabidos calabozos y su consiguiente delgadez de caldos mal cocidos. Y así tres años más después de la guerra, meses de humedad injusta agarrada a los huesos y a las paredes. Y a nuestra familia, que se revuelve tibiamente, a veces con ternura y otras con tristeza, cabalgando entre el recuerdo de estas fotografías, hechas jirones por la historia. Cuando lo mataron, en las mismas tapias por donde asoman todavía los cipreses, su mujer no fue a recoger sus objetos personales: apenas dejó ropa, viudedad y el triste vacío que heredó su huérfana. Dicen que se escuchó, después de los disparos, un solo silencio: el silencio mismo, en medio de la noche, al relente.