domingo, 9 de noviembre de 2008

AUTOBIOGRAFÍA (LXIV) - La antología.
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Nos acompañan tan silenciosos, como fantasmas, que no reparamos en que ellos, con su silencio cosido en lomos a veces parecidos, pero siempre diferentes, han poblado también autobiografías y vidas que, como si solo hubiesen pasado rozándolas, las han llenado de lo que ellas son en gran medida. Y algo así siento cada vez que veo este libro que ya ha llegado viejo hasta mí, y me ha hecho mucho más joven, quizás el que yo era hace quince o diecisiete años. Esta fue la primera edición en la que yo leí a Machado, en una antología en rústica manoseada de una biblioteca, y por eso pasa aquí, a este otro lado de las existencias en que se recuerda lo que no siempre se puede recordar.

Y es entonces, al observar su cubierta marrón y beige con la mirada de antaño, noto que aquel objeto no es solo un objeto, sino un rastro de alma por allí perdida, sin planos, sin tampoco demasiado horizonte, arrugado en la memoria, como otras viejas fotografías. Se convierte, sin quererlo, en un milagro de la memoria, de la primavera aquella en que reverdece una rama igual que un recuerdo. Qué forma más hermosa tuvo el autor de aquellos poemas de hablar de la vida venidera y de la memoria, todavía impresa en el tronco robusto que fue, y que ahora se deja ver hendido por el rayo. O del banco que verdea debajo del laurel, envuelto en la humedad de un invierno de llovizna. Cómo no hacer de uno el paisaje de negros encinares, por donde pasa el hombre apenas sin dejar sus huellas, y sin mirar la senda a su espalda. Es biográfico también su ascetismo silencioso de caminante tímido por páramos con historia pero sin presente. Y también lo es su complementario, el que es en su envés su yo fundamental.

Se amarillean las páginas tan fácilmente en estos libros anticuados y baratos, que en estos tiempos de Internet y fugacidad, uno no piensa que en verdad maduran en vez de avejentarse. No podría decirlo, si no fuera porque a medida que pasan los años, lo siento más valioso aún, más jugoso, como la fruta a punto de explotar doblegando con su peso excesivo la ramita de un árbol. Sería mentira afirmar que todo lo bueno que me ha pasado en la vida se debe a este librito. Pero falso ocultar que muchas de las buenas cosas que he vivido se deben a él, solitario y lleno de polvo, como un trasto viejo de esos que pueblan algunas vidas despobladas.

(A Mariete, que por su cumpleaños, tambien le habrá pasado algo así)



sábado, 1 de noviembre de 2008


AUTOBIOGRAFÍA (LXIII) - El frío.
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(fotografía: África Salces)

Vuelvo a Madrid, a esta ciudad que no tiene estación del año, y que solo a veces sorprende con sus cielos grises y sus fríos prematuros, como avisando de que es ya invierno, aunque no lo sea todavía. Y entonces es cuando más apetece pasear, por la calle de las Huertas o por la del Príncipe, y tomar un café caliente en el Barbieri o en el Despertar, con su correspondiente dosis de decrepitud y nostalgia. Ha llegado el invierno ya, o eso parece, pese a que aún no se hayan encendido las ostentosas luces navideñas que, también en tiempos de crisis, nuestro desgobierno municipal costea con el entusiasmo de la estupidez profunda. Y nadie se ha percatado, en días como estos, de que sobran las luces y basta con mirar el gris hermoso (que no es del humo) de algunas tardes sin que molesten esas imbéciles y multicolor invitaciones para que seamos artificialmente felices.

Olvidaremos, una vez más, los ocho millones de pobres que dicen hay en España, olvidaremos también las ochenta mil familias que no pueden pagar sus intereses (que no son intereses de ellos, sino de otros), y nadie parecerá poner más interés en solucionar estas cosas que los caprichosos que, siempre con dinero ajeno, taladran la ciudad, la horterizan con bombillas como si Madrid fuese un travesti y pendejean en sus coches oficiales privatizándonos hasta el íntimo placer de caminar cuando hace frío, como hoy.

En invierno y en esta ciudad inmensa uno siempre tiene la sensación de andar desnudo. Como si el frío seco de este terruño hormigonado no nos permitiese comprender la belleza de los árboles sin hojas, mientras el reloj del tiempo nos marca su demora, igual que si hubiese empezado una cuentaatrás más para que empiece de nuevo el sofocante calor de los veranos. Y digo más: es hermoso incluso estar triste, sobre todo si se comprende que no todos tenemos que abusar de la felicidad al mismo ritmo trepidante del consumo y de esta vida sometida a la norma. Así son también las autobiografías: angustiosas y dañinas, como Esperanza Aguirre.




viernes, 17 de octubre de 2008

AUTOBIOGRAFÍA (LXII) - Lo quebradizo.


(fotografía: archivo F. G. Lorca)

Hay algo quebradizo e inasible en esta fotografía del año 1916. Quebradizo, porque no hay nada más débil que la humanidad a la que convoca. E inasible, porque no se puede agarrar ni tocar apenas un matiz leve de los sentimientos que irradia. Casi siempre ocurre así en estas fotografías descoloridas y desoladoras.

Aquí está el poeta Federico García Lorca, enseñando a su hermana Isabel algo de solfeo sobre sus rodillas. Despojado de su mito y mostrándose en una escena de su cotidianidad íntima, de su vida que aún no augura su muerte prematura. Entra la tarde luminosa desde el fondo, desde la amplia ventana enrejada; se iluminan las mecedoras y el suelo se dibuja geométrico en su barro cocido. Es la apacible escena que ignora lo venidero y lo lejano, y que a la vez que reconforta, estremece por la ternura extraña de la imagen.

El poeta de lo sensible se deja ver sin su poesía, rozando con su mano el brazo de su hermanita pequeña, veinte años antes de que perdiese la melodía su escritura y fuese su cuerpo el campo yermo de su propio cuerpo sojuzgado. Que mire bien este retrato antiguo quien se niegue a rememorar lo que la historia ha querido olvidar de sí misma, para que tome buena nota de la dignidad que niega si se opone a rehabilitar la imagen de los que, como este hermano mayor, se perdieron sin remedio en las cunetas que siguen durmiendo su pesadilla hasta el hoy (abuelos, padres, tíos lejanos… todos hechos desaparecer sin razón ni escrúpulos). Y, después, que tenga el valor de decirlo en voz alta: que diga que debe seguir perdida la hermosura que nos regala este retrato con un tiro en la nuca y otro en el culo, por marica, en su cuneta.

Siempre la justicia llega tarde, aunque el dolor haya sido tan perenne como aquellas palabras con que hizo este poeta chorrear la tristeza por los muebles de su casa. Y habrá todavía quien se oponga: lo harán, como siempre, los necios, los ridículos, los infames y aguirristas y todos los que, esgrimiendo la cicatriz cuya herida ellos mismos provocaron, siguen pensando que es mejor mirar hacia otro lado, aunque sea ese el lado mismo del asesinato impune.

sábado, 4 de octubre de 2008

AUTOBIOGRAFÍA (LXI) - El ave y otras desdichas

Como cualquier otro asunto generacional, este también pasa a formar parte de mi autobiografía, ya que es la mía la última generación que viajó lentamente en los últimos trenes del siglo pasado y aún puedo recordarlo. Hoy, predispuesta como un zumbido, fustigadora como un relámpago, la velocidad de los tiempos modernos atestigua la carencia del goce por el viaje, por la buena lectura, por la humareda calurosa de los talgos pendulares y de los viejos estrella con compartimentos populares. Nunca fue romántico el olor de los pies (trenes peores conocieron nuestros padres y abuelos, el mismo Machado, anotando en su libreta las incomodidades de aquellos asientos de madera y estrechos), ni tampoco los retrasos en las estaciones secundarias. Pero, olvidando el término medio, se ha pasado de un día para otro a la alta velocidad de los yupies, las azafatas y los lacoste engominados de los niños bien, resguardados detrás de sus maletines de negocios. Y es precisamente esto una de las muchas desdichas que han venido a trescientos kilómetros por hora.

No me engaño: un día vi caballos correr sobre la nieve, y leía a Max Aub. Y atardecía con la misma lentitud de los besos, por detrás de aquellas ventanillas de ese tren que nunca parecía llegar a su destino, a Gijón, tal vez, zigzagueando entre montañas con su pesadez ruidosa de siglos y vías oxidadas. O aquel viejo Santa Bárbara de gasóleo en el que monté por primera vez para ver el mar, con mi hermano Jesús, en la vieja estación de Chamartín. También viajé al sur, en un regional naranja lleno de militares sin estudios, que vociferaban y fumaban porros, mientras yo hojeaba a Whitman y tardé doce horas en llegar hasta Montilla. Y siempre había alguien, también hay que decirlo, que esperaba después de aquel viaje y que, inevitablemente, hacía más impaciente la llegada.

Se relativizó el tiempo desde entonces. La asepsia del auricular de usar y tirar sustituyó a la dulce anciana que me llegó a ofrecer las croquetas de su tartera metálica y que venía a Madrid por Navidad para ver a sus nietos. No recuerdo su nombre, pero se me ha venido hoy mismo a la memoria. Y no es solo el abusivo precio que el gobierno ha decidido cobrar a los ciudadanos por utilizar un digno medio de transporte que previamente ya se ha encargado de cobrarnos con los impuestos, sino la perversión contemporánea de ir restándole tiempo a la vida, de hacer que todo parezca eficazmente inhumano, frío como un quirófano, rápido como un suspiro. Es mentira que el tiempo sea oro, eso lo dijo un poeta ocioso y luego repitió la misma jilipollez el buen burgués que nunca pensó en las vacaciones de sus empleados.

Nadie quiere degustar un buen vino deprisa, quisiéramos todos demorar el amor o el orgasmo (técnicas, dicen, que hay incluso para esto), nunca desearíamos olvidar un instante, ansiaríamos ver caer la hoja de un árbol, seguir acompañados y parsimoniosos con música de fondo, escuchar despacio las olas, prolongar la charla hasta mañana… Y, aun así, disfrutamos de la velocidad y de la urgencia, pensando que en ello radica el futuro, como si este no fuese, en verdad, lo único que viene volando a jodernos la vida.

jueves, 11 de septiembre de 2008

AUTOBIOGRAFÍA (LX) - La vuelta al cole


(fotografía: archivo familiar)

Quien vea esta fotografía, pensará si lo digo, que es una fotografía que da la impresión de tener un siglo. Pero apenas treinta años restan el hoy de aquel ayer en que retrataron a mis hermanos, tan serios, enfundados en sus babis de rayas y con esa carita de alumnos de antaño. Y si digo que lo digo lo diré: por aquellos años, mis padres pagaban los libros de texto a plazos, y conservaban los plumieres de un año para otro, y se esforzaban por que las viejas carteras de cuero y hebillas que llevaban mis hermanos estuviesen en buen estado para el nuevo curso. Por supuesto, esto ocurría antes de que se inventaran esas sofisticadas mochilas con rueditas que tostonean las aceras de las ciudades y los pueblos, y también mucho antes de que los padres de hoy renueven a sus hijos cada septiembre como si fuesen escaparates de Elcorteinglés.

Yo no había nacido aún, estaba a punto, quizás ese mismo enero de aquella vuelta al cole sin síndromes postvacacionales ni sesudos psicólogos. Pablo, dicen, era tan despistado que perdía los lapiceros, con su parsimoniosa actitud frente a la vida que todavía conserva. Jesús debió de ser más rebelde: y cuenta mi madre casi con apuro cómo un día le dijeron que pegó un chicle a su compañero de pupitre en el pelo: a bien se solucionaría con una simple regañina (cosas de niños, dirían…) y con un buen corte de pelo para su vecino. Y hablando del pelo: ¿cómo no impresionarse con tan solo ver estos peinados con flequillo que tiende al infinito que lucen mis hermanos?

Septiembre entonces, cuando se despedía el verano sin preámbulos, y el aire agitaba las ramas del árbol aquel de mi calle, avisando de que llegaba el otoño, no era un mes triste aunque regresábamos a los horarios y a los abrigos y a los pantalones largos. El patio de mi casa y el desolado descampado frente a la panadería de la Sole se vaciaban muy despacio de críos, y se cerraban las ventanas porque el calor se marchaba sin prisas pero sin oscilar, en las noches templadas ya de octubre en las que también regresaba el pijama.

Visto después, el colegio al que yo iba no tenía el pasillo tan largo como en el recuerdo de aquellas vueltas al cole, ni las clases ni sus filas de pupitres de madera con el agujerito para el tintero, tan inmensas como aún las veo. El escenario, salvo su tamaño en la memoria (todo lo rememorado crece) parece haber cambiado poco, aunque sí los protagonistas. Siguen las paredes de aquel colegio pintadas del mismo modo, y siguen también algunos profesores de los que entonces nos enseñaron a leer. Y los niños en estas fotografías, esperando que el descampado se vacíe y haga frío otra vez, como entonces, como apenas solo treinta años aunque parezcan muchos más…



viernes, 29 de agosto de 2008


AUTOBIOGRAFÍA (LIX) - Orihuela


(fotografía: África Salces)

Las autobiografías se escriben también con la tinta que van dejando esos sitios que uno visita a veces, y entonces hace suyos esos lugares que no son propios nada más que por las casualidades que nos han ido dejando las carreteras y sus mapas. Y he hecho mío este pueblo por el que he paseado este verano. Existía en los libros, en las reseñas, en las biografías del eterno poeta Miguel Hernández. Y visité su huerto, y vi la parra y la higuera bajo las que escribió sus versos, mientras el calor zumbaba con las chicharras y el viento no movía las altas hojas del palmeral de Orihuela, a la sombra inmóvil de sus peñas.

La casa del poeta resiste al hormigón y al ladrillazo. Cuesta pensar en la humildad con que vivió uno de nuestros autores más ilustres: su destartalada cama (su intensa enredadera / elevará las sábanas / mientras el odio se acumula / detrás de la ventana /, decía un poema suyo), el brocal de su pozo y su establo diminuto de diminutas cabras. La casa la cuida un sobrino del poeta, que riega el huerto y, amable a pesar del resentimiento lógico, la muestra con pocas y discretas palabras.

Y la tristeza crece (como el toro nació para el luto), cuando el viajero observa el estado de su otra casa, la casa en la que nació Hernández: abandonada, comprada por un ayuntamiento que no la ha rehabilitado por desidia y desprecio ideológico, con los jaramagos creciéndole en sus paredes, con su techo derruido y sus vigas devoradas por la carcoma. Parece no pertenecer a nadie, pero ese edificio en ruinas, una minúscula casita encajada entre otras en que se recuerda que fue el primer hogar del poeta con una placa borrosa, forma parte de nuestro patrimonio sensible. Y debe ser cierto eso de que en España a nuestro patrimonio inteligente se le desprecia con el ímpetu de la ignorancia (y también de la maldad).

Nos lo dijeron: para los viejos caciques que todavía gobiernan nuestros pueblos, Miguel Hernández es un estorbo, un estigma que no se supera. Parece que quisieran olvidar que ese ilustre vecino suyo también fue un ilustre vecino mío, y de todos los que supieron valorar su poesía y su hondo sentido de lo justo. Quisieran acallarnos a todos los que llegamos a Orihuela buscando a Miguel: tal vez les recuerda molestamente a muchos lo que fueron en otro tiempo. Saben que llegamos hasta allí buscándolo, pero quieren ignorarlo. Pesa el pasado demasiado para muchos. Y a regañadientes terminarán arreglando su casita, como si al que han despreciado desde siempre ahora le rindieran reverencias y homenajes.

Tengo un recuerdo ignominioso narrado muy cercanamente: en el último congreso internacional del poeta, que se celebró en Madrid, el acto de clausura lo quiso cerrar entre abucheos Zaplana (aquel año aciago del 11M y de la guerra de Irak). No quiero mezclar cosas: pero el ayuntamiento de Orihuela tiene el mismo moreno ideal que el que lucía aquel que dijo que la política era una formidable manera de hacerse rico.

Y mientras tanto, Miguel Hernández sobrevuela su pueblo y el mío, aunque en su pueblo no todos lo quieran como es deber moral quererlo y sentirlo cercano y vivo. Allá cada cual con sus afectos, pero si incorporo este lugar en esta autobiografía, no es porque todas las iglesias de Orihuela luzcan las lustrosas restauraciones costosas de sus fachadas y campanarios, sino porque la casa en la que nació el poeta se muere despacio, mientras hay quien mira hacia otro lado y cobra del erario sin escrúpulos.

(Para Agustina, propietaria del Jamón Jamón)



viernes, 25 de julio de 2008

AUTOBIOGRAFÍA (LVIII) - El Rastro
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(fotografía: archivo personal)

Hay lugares por donde uno siente que no han transcurrido los años. Lugares por donde se transita sin saber muy bien hasta cuándo estarán allí, sumergidos y perennes, en el bullicio de las mañanas de domingo. Entonces me llevaba mi padre, agarrándome de la mano para que no me perdiese entre la gente; después me llevaría, algo más mayor, mi hermano, buscador infatigable de gangas en el Rastro: ese mercadillo que inunda la ciudad por completo, bajo el sol que siempre hace, y llena multicolor las calles entresacadas de su enredo de siglos.

No hay nada más popular, ni nada más auténtico en esta urbe inmensa de prisa: puestos con cachivaches, merodeadores y artistas del hurto, gangueros y regateadores, filibusteros de las compras y pícaros de toda índole se dan cita en este zoco extemporáneo y ruidoso donde uno puede comprar de todo si sabe cómo hacerlo. Y así, buscando entre cajas, con la paciencia de un recolector, apareció esta fotografía aristocrática que subo a este rincón. Lo alto y lo bajo, lo limpio y lo sucio, y lo bello y lo rancio se superponen en este lugar de gentes resguardadas en las sombras de los toldillos de sus tenderetes. Y así ocurre con este rostro isabelino, que apareció mezclado en el cajón de un trapero con otros chismes viejos y lo rescataron para mí, porque sabían que también querría hablar de él, no por ser mi familia, sino por ser de ese otro lado del mundo al que pertenecieron quienes, probablemente, nunca trabajaron. Solo en el Rastro se da ese fenómeno de mezcla irreverente entre lo sacro y lo vulgar. Y esta foto lo demuestra, tirada por ahí, perteneciente a una herencia subastada, rozando el suelo inapropiado que casi nunca los nobles pisan.

Esta mujer anónima posa sabiendo que posa: apoya su brazo sobre un alto macetero modernista, elegante en su vestir como en su saber estar. Viviría, quizás, en una casa de siete balcones, una Jacinta tal vez desafortunada y adinerada que ahora arrastra su abolengo entre los papeles viejos que se lleva el aire. Solo ocurre en Cascorro, en Mira el Río Baja, y Alta, en la calle del Carnero, donde lo divino se deja olvidado cuando se retira el mercado y las calles, sucias y revueltas de papeles, solo se quedan para que Galdós vuelva a pisarlas, pero sin ser él quien las juzgue.

(A Pilar, la rambleña, porque sé que le gusta que hable de Madrid)