lunes, 1 de octubre de 2007

AUTOBIOGRAFÍA (XXXV) - Otoño en ciernes


(Fotografía: archivo familiar)

Ésta es, sin temor a equivocarme, la fotografía más feliz de mi autobiografía; y sin embargo, ni siquiera alcanza la categoría de recuerdo, sigue anclada al préstamo de las historias narradas, de los momentos recapitulados que no adquieren forma de imagen en movimiento, sino de esa extraña permanencia que tienen los retratos aún en el blanco y negro y de sus casi cuarenta años de vida.

Es mi familia: mi padre, mi madre, mis hermanos y mi abuela. No tiene ninguno de esos protagonistas rasgo alguno de infortunio o derrota; al revés, transmiten una felicidad sencilla de días semejantes los unos a los otros. Pocas veces he visto a mi abuela sonreír como lo hace en esta foto, olvidando el pasado entre turbio y cano de los años más difíciles, cerca de los suyos, celebrando una boda de la que todo el mundo duda: mientras mis padres barajan nombres, lugares y fechas que oscilan irremediablemente entre lo que no se puede recordar con la nitidez que tienen muchos de estos fotogramas.

Y digo que es una foto feliz, insisto en ello, aunque mi abuela ya no esté entre nosotros. Nos ha dejado, pese a ello, impresa su sonrisa en esta fotografía de una escena familiar sin más. Mi padres tan jóvenes, casi de mi edad, que se desdibujan también en la imprecisión de un presente en el que se conservan bien, pero que les ha dejado huella si se les compara su hoy de otoño en ciernes con las caras llenas de vida que tienen aquí, sosteniendo a mis hermanos, aún diminutos, con flequillos exactos y vocación de hacer entrañable la imagen.

Afirmo bien: otoño en ciernes, porque no quiero pensar en esa propensión a la vejez inevitable. Me quedo con esta familia en la que aún falto yo, todavía proyecto inexistente y resultado tardío: observador lejano de lo que no me pertenece, usurpador contemporáneo y solitario que no quiere caer en la melancolía. Debe ser que las familias crecen, los amigos se casan, empiezan a tener hijos, sin ser demasiado conscientes de que algún día a ellos también los observarán desde los retratos que aún quedan por hacer. Será quizás el otoño quien me entristece con sus tardes breves y prematuramente frías. O no.

domingo, 16 de septiembre de 2007

AUTOBIOGRAFÍA (XXXIV) - La matanza y los telediarios


(Fotografía: archivo familiar Valle Bascón)

Escribo estas líneas con el temor de que los defensores de animales salten sobre mí para aleccionarme con sus justas reivindicaciones, porque los protagonistas de esta fotografía celebran lo que a nuestros ojos contemporáneos y urbanos resulta desagradable, completamente hostil o inhumano. Dicen que quien ha escuchado a un gorrino gritar el día de la matanza (bien es sabido que cada cochino tiene su sanmartín, incluso los políticos) no puede evitar compadecerse del largo y agudo lamento del animal, con el que parece presagiar que quien lo agarra por las orejas y el rabo no lo hace para acariciarle el lomo, sino más bien para asárselo.

La matanza, que yo jamás he visto pero sí he oído relatar, adquiere las extrañas formas de una tortura bien meditada. A los pavos la tía Cónsola los emborracha y después de ajumarlos les retuerce el pescuezo, como a los pollos mi abuela, que cogiéndolos de la cabeza, con la brusquedad de su brazo al aire, mataba para luego quitarles las plumas con esmero. A los conejos, con un golpe en la nuca, mientras mi madre corría tras las gallinas, cuando era pequeñita, para saber con su dedo si venía el huevo con que hacer las jugosas tortillas de patata. En las ciudades y más recientemente (esto lo recuerdo como si hubiese sido ayer), se compraba el corderillo vivo y mi padre lo traía a casa sonriente; pasaba la noche en la terraza, y después, atado de un cordel, se paseaba hasta la carnicería de Lucio. La matanza, a finales de los setenta, comenzó a ganar en asepsia lo que perdió de ritual; aunque el animalito sirviese para llenar la barriga en nochebuena. Y para colmo aquellos momentos casi tribales se inmortalizaban, siempre destacando el tamaño del puerco o la ternura del ovino, con fotografías que uno no puede dejar de contemplar sin fruncir el ceño, como ésta.

Aunque muchos infantes creen que los huevos y la leche vienen del Carrefour, debido a la impersonalidad insustancial de las ciudades, a nadie le sorprende ver cómo los filetes se exponen ajenos a las torturas técnicas del hoy en día. No sería grato observar la matanza en el patio de nuestra casa o en la corrala, más por el pudor de los sentidos, que por la higiene que tanto traen y llevan las autoridades sanitarias. Sensibles ante los pavos borrachos y las vacas explotadas como obreros del campo, nos asuntan los chorizos recién embutidos más que los telediarios, que contemplamos con indiferencia mientras comemos profilácticamente un exquisito plato precocinado.

miércoles, 22 de agosto de 2007


AUTOBIOGRAFÍA (XXXIII) - La fe de bautismo

(Fotografía: archivo familiar)


“Juzga y te juzgarán”, reza un versículo del librito que sostiene esta niñita entre sus manos, el día de su primera comunión. Y aunque sorprenda, sigue teniendo la misma carita, aunque eso sí, con cuarenta años más que en esta preciosa foto, en la que su protagonista, prima hermana mía, posa con flequillo aristocrático y un cierto aire entre cursilón años 60 y sisí emperatriz, pero del barrio de las Ventas, de donde es su padre, Folichi y el mío, Jesulín (ambos hermanos), y mi querida tía Petra (viuda de mi tío), que rozando la tercera edad no ha faltado ni un solo año a la cita telefónica de mi cumpleaños, y van treinta.

Difícil es juzgar esta década todavía a blanco y negro, en la que las hijas de albañiles como ésta, nieta también de la abuela Luisa (quien repartía una naranja entre siete en las nochebuenas antiguas), sirven de reflejo del agotador tiempo en que aún se rezaba el rosario y el ángelus sonaba por los viejos transistores.

Traigo a Tere aquí, la niña del retrato, vestida con su pomposo vestido de gasa, porque ella y su familia también forman parte de mi propia autobiografía: después sería mi madrina, quien me sostendría cabezón y sin pelos ante la pila bautismal tal y como una fotografía rescata aquella escena del olvido. Y parece en el fondo que el tiempo no ha sido tan duro con ella, porque sigue conservando su carácter jovial y aún se le puede reconocer si bien se mira a esta niña, que tiene como yo el rubito exactamente igual que el de muchos otros quiñones.

Perdió a una hermana: sin los avisos previos de las últimas dedicatorias. Pero parece ser que la vida le ha convocado para ser también feliz, que seguro que lo es viendo a sus hijos, conservando un matrimonio y contemplando colear, entre los achaques que también nos dignifican, a su madre, Petrilla, como la llama aún mi padre con su sonrisa de pícaro.

Caigo en la cuenta de que hace muchos meses que no la veo, ni a ella, ni a su marido ni a su madre. Tropiezo después con la vorágine de los días que corren sin cesar y que nos hacen transformarnos sin quererlo. Y no sé por qué, pero sigo mirando este retrato y sigo reconociéndola, cada vez más parecida: con su tiara majestuosa de diminuta princesita de Asturias, y después, estampando su firma sobre mi fe de bautismo, que en bendita hora, por cierto, me hicieron pasar por aquel trance.

jueves, 2 de agosto de 2007

AUTOBIOGRAFÍA (XXXII) - París y las almendras.


(fotografía: archivo familiar)

Esta foto está llena de ternura. O al menos es así cómo la miro, traída desde los años sesenta, todavía en blanco y negro, y en la que mi otro hermano, Jesús, sonríe igual de expansivo que lo hace todavía. La fotografía está tomada en la casa de mis padres, aquel piso que costó algo más de cien mil pesetas en el extrarradio de Madrid. El retrato muestra una felicidad inocente y contagiosa, quizás porque Jesús ya era el mismo que ahora. Y aunque en Madrid no hay mar, lo recuerdo con este cartoncito, porque lo vi por primera vez en San Sebastián con él, después de un viaje torpe y lento en los trenes de hace casi veinte años.

Más tarde, pero no mucho, también montaría en avión en su compañía, y después tomamos cerveza en Berlín y Praga, y paseamos por Oxford Street y por el Soho. Tomamos café en el Café de Nueva York, de Budapest, y en Viena y Salzburgo escuchamos música y fotografiamos el Danubio cuando atardecía. Amán nos pareció polvorienta, y Petra una clara muestra de que se puede atravesar el tiempo sin necesidad de ejercer la memoria.

Este niño de la fotografía también anda a revueltas con su trabajo (como cualquier persona inteligente y sensible). Le cuesta la monotonía y el aburrimiento, porque prefiere Iguazú a los somníferos rumores de una oficina, o buscar en los mapas lugares adonde huir, porque las huidas siempre tienen algo de sueños por cumplirse.

A veces no es feliz, me consta. Pero quien lo es a todas horas, sabemos los dos, es un imbécil a jornada completa, porque la felicidad es el estado utópico de los ignorantes, y los “felices” son ficciones petulantes que no saben mirar con acierto muchas cosas del mundo que amargan, como algunas almendras. Tampoco se congratula con el tópico “así es la vida” y se rebela.

Por lo demás, yo le explico que París es la ciudad más hermosa del mundo, porque él aún no ha estado allí, en ese remoto lugar tan cerca de su casa. Y se lo digo porque desde el Sacré Coeur se ven las cosas de otro modo.

jueves, 19 de julio de 2007

AUTOBIOGRAFÍA (XXXI) - El dieciocho de julio

(Fotografía: Vidal)

Esta fotografía, aunque no es mía ni de ningún otro archivo familiar, me pertenece tanto o más como si lo fuese, porque forma parte de ese patrimonio común del que todos los hombres somos partícipes. Nos pertenece, por tanto, como una herencia que oscila entre el conmovedor recuerdo y la historia que se escribe políticamente correcta en los libros, con sus letras de imprenta y sus pulcras imágenes.

No es mi fuerte acordarme de las fechas señaladas, ni onomásticas, ni aniversario alguno, pero estos niños hacen la instrucción hoy también, o ayer, como todos los dieciocho de julio, recuerdo ignominioso de lo que algunos se obstinan en olvidar: setenta años transcurridos son demasiados años sin justicia y, sin embargo, sigue siendo ayer, como se empeñaron en recordar los telediarios después de las noticias desastrosas sometidas al imperativo de lo actual: catástrofes aéreas en Brasil, muertos en Irak, desastres naturales en Ibiza, condenados a muerte en Irán y un siniestro etcétera de largas crónicas luctuosas. Se repasa el día con sus crespones negros y la anécdota es que ayer fue dieciocho de julio, o sea, fue, aunque siga siéndolo en las conciencias de muchos niños que siguen haciendo la instrucción: Ruanda, por ejemplo, Somalia, o más cerca aún: Colombia.

No debimos aprendernos bien la lección, banderitas al aire. Un padre sigue arriesgando la vida de su hijo en San Fermín, otro hombre vuelve a asesinar a su mujer; y todo, absolutamente todo, lo fulmina la actualidad de un día para otro. Quizás por eso hoy traigo a mi propia autobiografía el dieciocho de julio, un ayer pernicioso no sólo por lo perjudicial, sino también porque apenas es un titular del que hoy, un día después, nadie se acuerda.

Podría haber traído a colación algún que otro retrato en el que un protagonista familiar y con algún rasgo parecido a los míos aparece en el treinta y siete sonriendo o entristecido ante un fotógrafo anónimo. Pero el asunto no es sólo mío, sino también de otros muchos que deberían tomar nota y pararse a pensar. Y cómo será después de todo aquel pretérito perfecto de imágenes en blanco y negro, que también nos transportan a la ternura de una inocencia que, a pesar de la guerra, sigue siendo en esta bellísima fotografía inocencia. Feliz aniversario.

(A Gregorio, por su fidelidad)

miércoles, 11 de julio de 2007

AUTOBIOGRAFÍA (XXX) - Las leyes y los zapatos viejos



(Fotografía: archivo familiar Valle Bascón)


Hay fotografías que, de repente, entristecen también como un viaje. Quizás porque los protagonistas han cambiado demasiado, o porque han desaparecido, o por ambas cosas a la vez. Este retrato me ha llegado desde el sur, desde aquellos lugares en los que las paredes encaladas resisten silenciosas el calor de las siestas y el paso del tiempo. Los lugares en los que al amparo de los gruesos muros blancos se busca la sombra mientras el calor atormenta canicular las tardes de verano.

Esta niña con los zapatos desgastados nos habla abiertamente de los años en los que el calor era aún más funesto y en los que las bestias convivían con las personas en el empedrado de los patios y en la paz callada de los corrales. Y contrasta la muchachita por el color negro de su atavío y la muñeca (quizás su única) que agarra para que también salga en la fotografía, como un personaje más, vivo y real, compartiendo el juego y el cariño. Cierto es que no es la primera vez que una niña aparece vestida de luto en esta autobiografía propia y prestada, pero resulta que no deja de sorprender, aunque me consta que no es más que el guión escrito de nuestras vidas antes de que fuesen nuestras. Alterando la cronología una vez más, los niños siempre parecen más antiguos que los propios recuerdos, y sobre todo si se les viste de negro.

Esta solitaria muchachita parece sobrevivir a pesar de las estrecheces. Y la traigo aquí no por ser quien es, sino porque es también un poco de todos nosotros (por si nos flaquea la memoria, como siempre) y de nuestros zapatos, y de nuestros calcetines, y de nuestros diminutos pueblos enclavados en medio del calor.

Paca, se llamaba así. Esta mujer, que dicen acopiaba cosas diminutas en la recámara de su casa, probablemente temerosa de que llegasen tiempos peores, es otra madre más, otra tía más, otra niña más indefensa ante el destino de segunda clase que les esperó a nuestros antepasados cercanos y fotografiados en el centro de su ruralidad que obstinados nos empeñamos en olvidar, no vaya a ser que nos confundan con quienes no queremos ser, aunque seamos.

Hablan de la memoria histórica, sin darse cuenta de que cuando empieza la historia es cuando acaba la memoria: error de quien nunca calzó unos zapatos tan gastados como los que luce esta niña; punto y a parte es la intrahistoria, que dijeran algunos, y que resulta ser aquí intrarrecuerdo, o sea, recuerdo del alma, es decir, abrillantador para sus zapatos demasiado dignos.

martes, 10 de julio de 2007

AUTOBIOGRAFÍA QUE SE ESCRIBE (SI LA TECNOLOGÍA LO PERMITE)

Queridos amigos y anónimos lectores. Por una avería en mi ordenador no podré actualizar el blog en algunos días. Disculpadme. Espero seguir en contacto con todos vosotros en un par de días, porque todavía tenemos muchas cosas que contarnos.

Un abrazo.