domingo, 3 de julio de 2016

AUTOBIOGRAFÍA - Una calle cualquiera



(foto: Á. Salces)


Siento que el verano es una perspectiva, algo más que una estación del año o algunos días agrupados en los calendarios. Algo más que un calor sofocante que se pega en las aceras: una perspectiva y un puñado de recuerdos. Siempre el verano es una proyección de lo que vendrá, de lo que queda por hacer en un tiempo escaso, fugaz e irrecuperable de la vida. Un atardecer en una calle cualquiera de mi barrio, por ejemplo.

Mucho más allá de los inviernos, cada vez más cálidos, insospechadamente, el verano parece el brocal de un pozo al que te asomas sin ver el fondo, aunque sabes que su profundidad es limitada. Y entonces comienzan los proyectos: las lecturas pendientes, la novela que nunca terminas de escribir, el viaje que pasa como un sueño, las noches en las que los balcones de tu casa se abren al silencio de las calles adoquinadas mientras suena algo de música de fondo. Se devoran los días caniculares con la indiferencia con que los calendarios te devuelven las cifras que van desapareciendo sin decir adiós, es una despedida a la francesa; lo llamamos así nosotros, que representamos el arte de la buena educación. 

Recuerdas los veranos de tu infancia, en sus lejanísimas y lentas siestas que hacían eterno julio. La edad modifica la percepción del tiempo; ahora tengo la urgencia de vivirlo, de no dejar que se escape entre las obligaciones cotidianas, entre las imposiciones de un cansancio ahorrado como un puñado de monedas mientras se trabaja desde septiembre, que amenaza como una enfermedad duradera e irreversible. 

Es un territorio también: en el que memoria y futuro se me confunden inevitables, un territorio en que se van construyendo los grandes edificios de lo que somos, de lo que nos dejan ser y también de lo que seremos algún día. Más allá de los mapas, el verano es un brote reverdecido que viene del lejano barbecho de los inviernos. Por eso, el verano es más que un tiempo insinuado en los relojes; sin ellos las biografías quedan incompletas; sin ellos, perderían sentido las demás estaciones y, en definitiva, lo que somos, si nos negamos el derecho universal a la pereza, a la nostalgia o a no querer mirarse en el espejo de las mañanas en que se acude al trabajo, cuando el verano amenaza con su calor invivible pero breve como la belleza de un fruto maduro. 


lunes, 8 de febrero de 2016

AUTOBIOGRAFÍA - Burda manipulación. 






El miedo forma parte de las vidas y no es un sentimiento vergonzoso; tener miedo es vivir también, aunque sea buscando una salida por la que huir. Y en eso consiste el ejercicio del poder, en instalar el miedo que nos provoque el silencio, que nos haga dar marcha atrás o borrar alguna línea en nuestra pantalla del ordenador. El miedo político es el comienzo del fascismo, el final de la democracia, el útero del cual no vamos a querer salir por temor a la vida. Y la vida no puede darnos miedo, aunque este forme parte de ella. 

Pienso en Lorca, tirado en una cuneta, en el Miguel Hernández agónico en su última cárcel, en Bertol Brech contemplando en los periódicos las piras que han hecho con sus libros; pienso en Machado camino de su exilio, en Cernuda, en Buero Vallejo, retratando al poeta, en los dispares destierros de Unamuno y Alberti. En todos ellos se pone en marcha el mecanismo que une la política y la utilización torticera de la justicia. Propaganda que no es nada más que una burda manipulación al servicio del descrédito y lanzada a las bocas de los feroces descerebrados que repetirán lo que los periodistas al servicio de sus propias causas defenderán en los medios. Si nos prohíben la sátira lo que harán es poner a la libertad de expresión en el pelotón de fusilamiento. 

La sátira duele, porque siempre tiene visos de realidad, venga de donde venga. Que la sátira sea dolorosa, pues, es lo mismo que decir que las verdades duelen. Y prueba de ello es el alka-eta, que ha puesto en prisión a dos titiriteros, porque una justicia títere del poder político así lo ha decidido. Ley mordaza, apaleamiento de homosexuales en Madrid, libertades garantizadas para corruptos millonarios, juicios justos para infantas que nunca saben nada y filomachistas blogueros manifestándose sin que el poder actúe contra ellos como se debe, no es nada más que una inmerecida patada más a nuestra desnutrida democracia, que pretende amedrentar a todo el que intente cuestionar el poder o ridiculizarlo. Hay que ser muy imbécil o creer que la ciudadanía lo es para abofetear al contrincante político aireando una sátira. Será un imbécil quien se lo crea. Y será imbécil quien siga sintiendo como propia una justicia que aún no ha tomado medidas contra la familia Pujol y sí contra dos titiriteros en la disidencia de lo políticamente correcto un día de carnaval. Supongo que medio Cádiz andará ahora haciendo cola ante las puertas de nuestros presidios por injurias con peluca y brillantina. 

Este asunto es una burda manipulación, un ejercicio demagógico y pintoresco más de la España que ya no podrá ser nunca más de charanga (lo prohibirá la ley) ni de pandereta (prohibido molestar a los vecinos), sino la España sombría de los viejos autoritarismos que temen perder el poder que los ciudadanos ya han dejado de confiarles.  






viernes, 25 de diciembre de 2015

AUTOBIOGRAFÍA - Otra ciudad, otro veinticinco

(fotografía : archivo personal)

Estos días, convertido el mundo en un remanso de adormecidas conciencias que la televisión emite como un rosario de simplezas navideñas, conviene mirar hacia esos lugares que no vemos habitualmente, que no se resumen en los telediarios y que no aparecen en los anuncios de perfumes. La fotografía es de mi barrio. Existen en Madrid y en casi todas las ciudades, los lugares que solo les pertenecen a los de abajo:  el extrarradio, el suburbio silencioso, el descampado hostil, los patios interiores, las viejas escombreras del progreso, que han ido dejando su restos del derribo a las afueras de las urbes. Nadie se preocupa de estos espacios tampoco en estas fechas, donde no abundan ni el cordero, ni las grandes firmas publicitarias llenando de letreros luminosos las aceras. La borrachera es de silencio, y los únicos papelillos plateados no son precisamente los vistosos envoltorios de regalos tecnológicos, sino los restos de la antigua heroína que diezmó familias e hizo peligrosos algunos barrios.  

Bien mirado, este escenario es la costa amaltifana de Madrid, el otro lado de la verja melillense, la próspera Europa del Euro, de la Troika, de los preferentistas que lo perdieron todo jugando al capital y que tal vez pensaron un día que los escombros eran el abono de lo que sería la abundante siega de un futuro que nos prometieron digno y sosegado. Aquí Madrid impone sus límites, en lo que un tiempo atrás no tan lejano solo eran huertas y abrevaderos para el ganado. Se hicieron las viviendas de la que aspiraron que fuera clase media y apenas quedó en media clase. Los portales son estrechos, apenas hay ascensores, los balcones con cierres de tijerilla conservan los cristales color miel y las fachadas traseras suelen dar a tapias que encierran solares antiguos y abandonados.

Aquí está la radiografía del mundo que nos queda, cocinado con los restos que sobraron de la cena de anoche. Inhóspita, la realidad a veces se despliega como un mapa doblado en mil partes. Más allá de los anillos atestados de tráfico que bordean el centro de Madrid, otra ciudad se muestra con más silencio que protesta: inmigrantes rumanos, latinoamericanos y chinos han ido llenando el barrio de sus colores, de sus ruidosas manifestaciones festivas, y también de sus escasos salarios, que conviven en paz con las irrisorias pensiones de los abuelos que encontraron en los barrios a los que llegaron hace cincuenta años la trinchera contra el infortunio de sus propias biografías. 

El fracaso escolar, el sueño capitalista de los muchachos sin estudios, los ritmos latinos y las televisiones planas sustituyeron la lucha vecinal y convirtieron la pobreza definitiva en el mejor inquilino de un barrio que, hoy, vive su particular y peor crisis, la de la conciencia, es decir, su decadencia invisible. 


miércoles, 23 de diciembre de 2015

AUTOBIOGRAFÍA - Las reconstrucciones



Es posible también reconstruir las biografías. Se para el tiempo de repente, encuentras un puñado de días largos y soleados en invierno, y te das cuenta de que, sin quererlo, has empezado a reconstruirte poco a poco. Es posible que se deba a que has cambiado de paisaje o de compañeros cotidianos. Es posible también que uno comience a restañar las viejas heridas, o a observar las mañanas de un modo diferente. Y es entonces cuando comienza la reconstrucción. 

Debe ser que han pasado muchos años desde que comencé a estar en el filo de una tristeza (parafraseo un poema que me viene de repente). Y la prosa fluye como una nueva savia que trepa desde las otras vidas ajenas que nunca antes había vivido. Me gusta esta sencillez de monte bajo, de plantas que echan raíces con una lentitud de invierno que no termina de llegar o de otoño; algo así veo desde la acristalada ventana de una biblioteca, desde el precipicio que un día me pareció desconocido y hoy amable como un fruto que madura al sol. 

Produce vértigo pensar que las autobiografías dejan de escribirse porque hay quien se empeña en hacerte la vida circular. Y casi siempre las vidas tienden a ensancharse, a mirar cielos limpios, a levantar el mentón de sus recuerdos para saber por dónde no se ha de volver a pisar (vuelvo a parafrasear un poema que me viene de repente) y mirar sobre el horizonte lo venidero como un regalo. 

Hoy, primer día de unas vacaciones tranquilas, tengo que dar las gracias públicamente. A quien le interese. a quien ha ensanchado últimamente  esta biografía dejándome dormir, haciendo ligeras las frías madrugadas del trabajo, reubicando en el trastero de los recuerdos la infamia y el acoso, la torpeza y el desasosiego que producía verse ante la nada agarrado con un empeño de obcecada frialdad. Rubrico con trazos de felicidad los últimos meses. Pero no soy yo, sino los demás quienes tengan que estampar su firma: quienes me hicieron grato lo anterior, y quienes se han propuesto hacerme grato el presente. Solo falta una banda sonora, y no me importa ponerle el título de una laica oración que se ofrece, también como agradecimiento a la vida, y no solo al amor. También la música ayuda en las reconstrucciones de las autobiografías. 

miércoles, 17 de junio de 2015

AUTOBIOGRAFÍA - Una tercera oportunidad.




Cuando apenas quedan algunas horas para que mi tercera novela, Un hombre detrás de la lluvia, pueda verse por las librerías, no puedo menos que pensar en el tiempo que ha pasado desde que comencé a escribirla. Siento un temor que va más allá de que le guste o no a los lectores, y que consiste básicamente en saber si sigo reconociéndome en ella. 

Al convertirse en libro una historia que ha salido del teclado de tu ordenador, deja de ser tuya por cuanto cada lector se apropia de ella. Y por cuanto todas las historias, insisto, nunca terminan de pertenecernos del todo. Ahora llega el momento de empezar a explicar qué es verdad y qué es mentira en esas páginas, y en qué  proporción la ficción y la realidad se han ido entrelazando para construir con autenticidad esta narración que la editorial Algón ha convertido en libro, prestándome (como otros nos prestan sus propias historias) la oportunidad de que llegue a los lectores. 

Cuando descubro al personaje que da vida a la novela, llega hasta mí por puro azar. El viejo Oswaldo existe, su protagonista, y existe porque a través de él doy con la historia que él me cuenta para que yo dé forma de novela a su biografía. Él y yo somos, por tanto, protagonistas de este libro. Ambos nos movemos en los límites de la ficción porque escribimos los dos de nosotros mismos. Y a veces, los dos somos uno mismo: coexistimos en esa indefinición que suelen llamar imaginación. Cada uno a su modo siente que ocupa un espacio concreto en el mundo. Cada cual tiene su propia forma de comprenderlo y cada cual interpreta el papel que desempeña en las vidas que no nos pertenecen. 

Siempre que escribo lo hago para reflexionar y para hacer reflexionar. Sonaría grandilocuente si dijera que escribo del poder, la libertad o el amor, intentando absurdamente teorizar sobre esos tres pilares de la existencia humana. Utilizo como excusa la historia convencional, la académica, pero no pretendo teorizar sobre esta tampoco. Cuento esta historia para hablar simplemente de cómo las vidas se sujetan a estos principios de amar, ejercer el poder y la libertad, intentando que entre estos se produzcan las tensiones necesarias para que el argumento resulte interesante. Las conclusiones deberían sacarlas los lectores con sus correspondientes implicaciones: los límites de la libertad, las fronteras de lo que es real y lo que es ficción y, como en mis anteriores novelas, averiguar qué es lo que crea las fricciones entre el individuo y la historia para que se libere la energía de la literatura.

Queda poco para saber quién es este hombre que espera detrás de la lluvia. Y queda poco para saber a quién espera ese hombre. Todos esperamos algo sin saber muy bien qué es, como le ocurre al protagonista de esta novela. Y todos podemos ser también los esperados. Que Luis Quiñones, en esta ocasión, sea también el protagonista de mi propio relato, es anecdótico. Cualquiera puede ser yo mismo y cualquiera puede ser quien, queriéndolo o apenas sin darse cuenta, modifique el devenir de los acontecimientos estableciendo una fractura mínima, que pueda llegar a ser una paradoja en la infinita línea del tiempo.   

sábado, 6 de junio de 2015

AUTOBIOGRAFÍA - "Un  hombre detrás de la lluvia"




Todos esperamos, a nuestro modo, detrás de la lluvia. Y una novela siempre es una espera. Cuando uno aguarda la publicación de un libro siente esa necesidad de contarlo, pero también una incertidumbre que es difícil de explicar. Hay algo ajeno en todo lo que se convierte en libro, es un regalo que sabes que es regalo porque no te pertenece. Cuando publicas una nueva novela sabes que hay algo efímero en ella, una especie de tiempo pasajero en la que no terminas nunca de reconocerte. 

Cuanto somos habita en los libros. Cuanto creemos ser, y por eso esta narración sobre las armas de la indefensión que siente cualquier escritor ante la historia que te supera, que va más allá de ti mismo y que va adquiriendo forma a medida que se va escribiendo, sin que tú mismo termines de controlar cuanto se dice en ella. A veces son los libros quienes nos escriben a nosotros en realidad. 

Somos lo que son otros y cuanto otros han ido dejando en nuestras biografías. Por eso, cualquier historia es también algo en préstamo de las vidas que no nos pertenecen, y asomarnos a ellas es el hilo conductor de todo lo que se escribe en una novela. No sabría explicar nunca cómo se llega a una historia, y en este libro solo cuento cómo una historia llega a mí, cómo un personaje te va contando lo que tú quieres escribir cuando te das la tercera oportunidad de seguir escribiendo. 

Es difícil, muy difícil, decir en algunas líneas lo que uno siente cuando sabe que un libro que tú has escrito poblará las estanterías de una librería y otros leerán y juzgarán lo que durante meses ha ido construyéndose en el fondo de tu imaginación, en la intimidad de tus noches en vela. Y en esa construcción es donde habitan los fantasmas del escritor, sus dudas, sus torpezas, sus inverosímiles historias que se van convirtiendo en verdad, para que sea la verdad misma quien te busque y te recuerde que estás en la necesidad de seguir llenando páginas con tus palabras, hilvanando situaciones, buscando subterfugios con que dar credibilidad a lo que inventas. 

Y así, sin saber muy bien dónde empieza el mundo y dónde lo irreal de lo que has imaginado, quieres buscarte a ti mismo y a los demás. Y es entonces cuando te das cuenta de que todos esperamos algo que no sabemos qué es, como el protagonista de esta novela espera bajo la lluvia el momento incierto de tener una posibilidad solamente de construirse a sí mismo como algo más que una mera ficción. Siento que este es el comienzo de la literatura: un extraño encuentro con lo inefable. 

Solo puedo dar las gracias a quienes ha conseguido hacer de este sueño una realidad, una realidad tangible que en apenas unos días tendrá la apariencia de libro, para que, una vez más, sean otros los que esperen conmigo bajo la lluvia. 

jueves, 25 de diciembre de 2014


AUTOBIOGRAFÍA - Marzo invernal




Cómo escapar de una ciudad asediada sin salir de ella es lo que siempre me pregunto en estas fechas de digestión excesiva y estribillos monárquicos. Hay en la Corte un parque cuyo nombre le hace más que justicia. Es bueno retirarse a él en estas fechas, pasear por el limo blando y sedoso de las últimas hojas caídas y mirar hacia la desnudez de las ramas más altas. El tiempo acompaña estos días en Madrid: una primavera fría y adelantada, un silencio de siesta inédita en la ciudad más ruidosa del mundo. Y así, entre los umbríos senderos sin gente ni mascotas, solo así, es posible firmar un breve armisticio con la vida.


El descanso de estos días, apartar los problemas cotidianos con el televisor apagado para evitar el rosario de noticias sin sustancia y repetidas, es tan vivificador como un paseo atardeciendo, mientras el aire en la cara te despeja del despropósito led que las administraciones despilfarradoras y una ciudadanía cada vez más idiota aplaude con cara de embeleso. Estos días no he entrado a El Corte Inglés, ni me he hecho fotografías bajo los abetos eléctricos patrocinados, ni he reivindicado la felicidad a la que cada año invitan perfumes y grandes almacenes, marquesinas de autobús y galas televisivas.

Pero ni siquiera me he rebelado contra eso. He pasado estos días sin la animadversación de otros años y he redactado mi particular tratado de paz con el mundo y les he dejado hacer a quienes suscriben en estas fechas esa insulsa farándula vertiginosa de compras y empujones. He mirado el cielo luminoso y blanquecino, el sol reverberando en el gris de las ramas sin follaje, la bruma húmeda y escarchada cuando cae la tarde con una lentitud de una respuesta que no se espera; me he sentado después a descansar en un banco junto a un camino y he pensado en lo idiota y placentera que es la sensación de sentirse apenas un rato fuera de las luchas cotidianas y de las obligaciones salariales.

Y así, con un paseo en mi bicicleta de segunda mano, decidí esperar, igual que el árbol hendido espera, otro milagro, como decía el poeta, de la primavera, en este feliz marzo invernal. Os deseo a todos una feliz naturaleza.