lunes, 12 de marzo de 2007




AUTOBIOGRAFíA (XVII) - Otras banderas


(Fotografía: archivo familiar Valle Bascón)



Ésta es una fotografía en doble blanco y negro. Llega a nuestros días como un regalo cargado de la memoria de lo que fuimos. Dobles blancos y negros y el óxido de un tiempo en que las costumbres no se cimbreaban. Aunque duela, éste es el retrato de la terca obstinación de la moral, de las primeras filas y de las segundas, y a un mismo tiempo de la engolada España de las bandares, esas mismas que los nostálgicos agitan aupándose sobre la triste amalgama de los colores viejos. “Érase una vez unas niñas de luto que se colocan al final de la fotografía”, podría ser el comienzo del cuento de la vieja España que renquea, a pesar de todo, en su pasillo de toriles y timbales (aunque siga habiéndolos que piensan que debemos seguir ondeando banderas añejas).

La más querida tía de mi compañera de este viaje sin retorno y su abuela materna bien pueden ser resumen de aquello (una sujeta su muñeca con el indisimulado temor de que alguien se la quite; la abuela Dolores, aquí niña de apenas cinco años, mira con carita rigurosa al fotógrafo que sujetó la vieja cámara sobre el antiguo trípode pesado de madera). Prosa, al fin y al cabo, que no hace justicia al trabajo de las maestras rurales, ni a la amarga imagen de esas niñas enlutadas que parecen viudas antes de tiempo.

Cerril, gris, obtuso y confuso. Así era nuestro país en las épocas de las hambrunas y las capillas repletas. Pese a todo, esa maestra sonríe con la satisfacción de una ideóloga que ha llevado hasta el pueblo más alejado del mundo las vocales y los números del uno al diez, o sea, la libertad y la esperanza, aunque se haya sumergido para ello en el mundo anquilosado de la España a punto de ser rescoldo y vaga humareda de fraternidad. Nadie ha visto ondear banderas como éstas en las manifestaciones del españolismo tardío de unos cuantos, porque quizás nos hubieran recordado a todos las miserias que sufrían los que fueron víctimas de palios y de palos.

Pese a todo, la fotografía conserva la hermosura indeleble de la infancia a la que debemos nuestro pan. Es posible que con esto baste.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Conociendo lo agradecida que era mi tita Paca no pararía de darte besos al verse tan pequeñita engrandecida por tus palabras. Y mi abuela Dolores, aunque no la conocí, seguramente no entendería cómo es posible que su foto se mostrara en la pantalla de este chisme pero sin duda se emocionaría también al reconocerse.
Y es que tienes el don de llegar mediante tus reflexiones y análisis a lo más profundo de los individuos, seamos familiares o ajenos a estas fotografías.
Te agradecemos, madre e hija, una vez más todo lo que nos ofreces; gracias por este regalo; muchas gracias por tu personalidad tan sensible.

Anónimo dijo...

Sí, Luis, probablemente baste saber de verdad a quién debemos el pan y la sonrisa, aunque entre la multitud de niñas desoladas no distingamos (los que miramos desde este lado de la pantalla) quién es la abuela y quién la tía. Pero es obligación de cada uno reconocer su sangre. Cabría añadir ...y su bandera, pero se da el caso de que, en el caso particular de quien te escribe, la bandera no tiene los colores a la vista. Pero debe ser parecida a la tuya, pues que la confortan un trozo de nostalgia y, por mi edad, otro remiendo de esperanza.
Jaime

Ana d@v dijo...

Que curioso mi querido Luis, resulta el ver cuanta similitud puede llegar ha haber entre lo que tu narras y las historias que escuche contar a mi abuela materna, una mujer que te hubiera gustado conocer. Ella regentó una posada en tiempos tan difíciles y peligrosos como fueron en plena guerra civil. Aunque estaba casada, la que hacia y de sacia siempre fue ella, como una reina regente. Nunca pensé en dedicarme un día a escribir, por lo que desgraciadamente no tengo constancia de todas aquellas anecdotas que tanto le gustaba contarnos, sobre todo lo ocurrió en aquellos tiempos, con todos sus hijos en el frente y un marido que el miedo, le hizo perder la cabeza, teniendo que ser ella la que se enfrentara a todo. Ella evito que que mucha gente del pueblo muriera de hambre, aun hoy hay familias que lo recuerdan con agradecimiento. No quiero enrollarme más, tan solo dejarte aquí un poco de lo que recuerdo de aquel pasado que creemos algunos ya tan lejano. Gracias por estos regalos que nos ofreces desinteresadamente y que hacen un homenaje a gente sencilla como toda esta que nombras .
Un beso afectuoso, hasta muy pronto.

Gregorio Verdugo dijo...

La España negra, Luís, la de los colegios separado entre alumnos de pago y gratuitos, la españa ocura, cerrada en sí misma y sin querer mirar al exterior, la de los curas como autoridades blandiendo lo palios en las calles para atemnorizar al pueblo. Un país ilusorio gobernado por expertos ilusionistas.
Quizás las niñas de negro era "expositos" o hijas de condenados, quién sabe.
Saludos.